Una página donde se cree en las utopias, se trabaja en la realidad y no se gana ni un duro.
ANIMALES CANOROS: CARLOS GARDEL
Posté à 10:07 PM le Monday, October 2, 2006 dans MUSICA

El puente más largo del mundo es el que une Buenos Aires (Argentina) y Toulouse (Francia). Se llama Carlos Gardel y cada 24 de Junio, festividad de San Juan, la noche más larga del año, se cumple un año más de su muerte en un accidente aéreo en Medellín (Colombia).
Cuando llega esa fecha, son incontables los homenajes que en las dos primeras ciudades se dedican a la mayor figura que el tango ha producido en toda su historia. El tango: una forma de canción que se equipara en importancia al vals, el rock, el son, el corrido, la rumba, e incluso supera a los ritmos más populares de los últimos cien años. El tango, rabiosamente porteño, es internacional desde lustros, aunque sólo se comprenda en toda su formidable dimensión si se canta en los ambientes donde el lumpenproletariat, del que hablaba Marx, vive y lucha por la existencia. El tango, un baile, una danza nacida en los oscuros garitos de una ciudad con el mar en la puerta, donde marineros borrachos y prostitutas de origen incierto se afanan por creer en el amor, al menos durante unas horas.
El tango no sólo es el lamento del hombre burlado, sino también una queja agridulce que tiene en Gardel su deidad más venerada, una forma de contar historias de desamores, de traiciones y dignidad ante el oprobio, que pocos artistas se atreven a encarar, porque lo más sagrado de su interpretación es la credibilidad. Y los que lo han hecho, no han tenido más remedio que escuchar palabras de consuelo, pero casi nunca de felicitación; desde las pobres y bienintencionadas versiones de Serrat o Sabina, pasando por las más aberrantes: las que hiciera Plácido Domingo, el tenor que comprendía a Pinochet. En España, únicamente los argentinos Carlos Acuña, en los sesenta y Carlos Montero, exiliado en Madrid hacia los años 70, fueron capaces de traer algo de la magia de Gardel (que no fue el único, ni mucho menos), seguidos, ya en plena movida nacional, por el grupo Malevaje, cuyo vocalista Antonio Bartrina, a fuerza de cantarlos, terminó siendo una de sus voces más carismáticas, amén de haber logrado que las nuevas generaciones, aquellas que aplaudían a Radio Futura y Gabinete Caligari, supieran también disfrutar de las creaciones que nos llegaban desde el Viejo Almacén de Buenos Aires.
En el número 4 de la calle Canon d’Arcole, en la ciudad francesa de Toulouse, hace ya casi 10 años, y en presencia de las autoridades municipales, además del embajador de Argentina en aquel entonces, se descubría una placa conmemorativa que rezaba: “Fue en este inmueble donde nació, el 11 de diciembre de 1890, Charles Romuald Gardes, quien llegó a ser célebre en el mundo entero con el nombre de Carlos Gardel”, asunto que se disputa el hospital San Nicolás de la Grave, donde se dice que realmente dio a luz Marie Berthe Gardes, una pobre mujer tuvo que ejercer el oficio más antiguo del mundo para poder dar alimento a su hijo. En el centro reseñado, hay también una placa que recuerda la efemérides, aunque si nos atenemos al carné militar del mito, podremos leer que había nacido en Tacuarembo (Uruguay), el 11 de diciembre de 1887, hecho que no desmintió jamás el mismo Gardel, que en ocasiones presumía de su origen uruguayo. A este respecto tengo que señalar el dato de una reciente y sesuda investigación, realizada por el colega Erasmo Silva Cabrera, según la cual Gardel nació en aquella localidad uruguaya el 21 de Noviembre de 1881, hijo ilegítimo del coronel Carlos Escayola, quien tenia como empleada en el hogar a una mujer de origen francés, llamada Berthe Gardes, que se ocupaba del lavado y planchado de la ropa. Por otra parte, se conoce el detalle de que el militar tenia negocios en Francia, lo que podría reforzar la teoría, mas que posible, de que la hubiera traído personalmente desde Europa como sirvienta.
Pero tres meses después de la muerte del autor de El día que me quieras (una de mis diez canciones favoritas de todos los tiempos), su amigo Antonio del Pino se presentó en rueda de prensa exhibiendo un testamento ológrafo, en el que se insiste sobre el hecho de que el gran intérprete vio sus primeras luces en la ciudad francesa de Toulouse. Para rizar el rizo, ahí quedan los viajes (cinco, entre 1923 y 1934) que Gardel hizo a esa localidad cuando era un ídolo mundial, para visitar a su familia, de la que aún hay descendencia en la villa de Albi.
Dejamos ahí la polémica, ya que sería en extremo osado por mi parte imaginar al amigo en cuestión (que hasta la muerte del ídolo fue su secretario personal, encargado de firmar conciertos, galas y actuaciones), falsificando un documento semejante, porque además hoy no tiene importancia: Carlitos (como se le llamaba familiarmente), El Zorzal Criollo (seudónimo con el que se le conoció popularmente) o La Voz del Pueblo (como le apodaron sus más acérrimos fans), pertenece ya a la comunidad latina en particular, y por extensión a todas las naciones donde el tango se hace realidad, desde Finlandia a La India, de EEUU a Rusia.
Le imagino a bordo de un barco, en cubierta, protegido por su madre del frío y la humedad, cuando el 9 de marzo de 1893 llegaban a Buenos Aires para buscar fortuna y una vida menos dura que la que llevaban en Francia. Sus primeros años son también un misterio, aunque hay algunos indicios sobre el oficio de su madre, lavandera y planchadora, que fue capaz de gastar la mayor parte de su dinero en dar a su pequeño Carlos la que creía mejor educación, enviándole a un colegio privado donde creció simulando ser de origen burgués. Así, hasta que termina sus estudios y comienza en 1913 su vida bohemia, ayudado por amigos que admiraban su estilo y maneras de interpretar milongas, vidalas, etc., hasta que cuatro años más tarde graba su primer disco Mi noche triste, que le confirma, al vender nada menos que mil discos, como el primer gran fenómeno de la canción argentina.
Se supone que de esa etapa de éxito, entre compañeros de ascendencia acomodada, le vinieron a Gardel los irrefrenables deseos de lucir una buena ropa allá donde se hallara. Era todo, menos la encarnación del hombre de pueblo. Una persona a la que le gustaban los buenos perfumes, vestir prendas caras, ya fuera traje, pijama o smoking, siempre peinado con brillantina, bien rasurado y luciendo una espléndida dentadura. Y sin embargo no perteneció jamás a la alta burguesía, ni procedía de una familia de nuevos ricos o de alta alcurnia, en la ruina. Y por si fuera poco, podemos decir que jamás se le conoció, a pesar de sus giras, una pequeña fortuna. Cuando murió tenía en el banco 70.000 pesos.
Lo que fascinaba del personaje, del fenómeno Gardel, era su aire misterioso, ese duende que poseen aquellos de los que no sabemos sus orígenes, esa figura con toque angelical que le hacia irresistible al público femenino. Un tipo raro que nunca hablaba de su familia, de lo que hizo en sus años jóvenes, de su vida íntima, es decir, totalmente en las antípodas de las estrellas del siglo XXI.
Desde bien entrada la década del 50, son notorios y constantes, multitudinarios y de carácter internacional, los homenajes que se hacen a su figura cuando llega esa noche del 24 de Junio, en la que San Juan tiene que dejar sitio a San Carlos Gardel, para quemar lo innecesario en la hoguera mientras suenan Yira, Yira y Mi Buenos Aires querido. Pocos mitos (tal vez Elvis Presley o John Lennon) de la música popular del siglo XX son capaces de conmocionar a las nuevas generaciones con la fuerza de Gardel. Y sin embargo, el cantante no hubiera sido tal sin la existencia del dialecto lunfardo y de personalidades de la talla del poeta Enrique Santos Discépolo, auténtico genio literario, junto a Alfredo Le Pera (que murió en el mismo accidente que Gardel), Enrique Cadícamo u Homero Manzi. Ellos y músicos de la talla de Aníbal Troilo, Oswaldo Pugliese o Astor Piazzola, son algunos de los que sostienen ese inmenso edificio sonoro que es el tango, ese lamento del hombre (mujer) engañado, que dio a la posteridad joyas tan opuestas como Cambalache (1934, E. Santos Discépolo), cuyos versos, prohibidos por todas las dictaduras militares, siguen definiendo de forma genial el siglo XXI, o la más desconocida Victoria, también del mismo autor, cuya letra, que me parece sorprendente, echa por tierra la leyenda de la queja:
¡Victoria! ¡Saraca*, Victoria! Pianté de la noria*: ¡Se fue mi mujer! Si me parece mentira después de seis años volver a vivir... Volver a ver mis amigos, vivir con mama otra vez. ¡Victoria! ¡Cantemos victoria! Yo estoy en la gloria: ¡Se fue mi mujer!
¡Me saltaron los tapones*, cuando tuve esta mañana la alegría de no verla más! Y es que al ver que no la tengo, corro, salto, voy y vengo,
desatentao*...
¡Gracias a Dios que me salvé de andar toda la vida atao, llevando el bacalao* de la Emulsión de Scott..! Si no nace el marinero que me tira la pilota* para hacerme resollar*....
yo ya estaba condeno a morir ensartenao,
como el último infeliz.
¡Victoria! ¡Saraca, victoria¡ Pianté de la noria: ¡Se fue mi mujer! Me da tristeza el panete*,
chicato inocente que se la llevó... ¡Cuando desate el paquete* y manye que se ensartó!* ¡Victoria! ¡Cantemos victoria! Yo estoy en la gloria: ¡Se fue mi mujer!
Cuando el dictador Juan Domingo Perón fue preguntado por su secreto para gobernar dijo: “Para regir los destinos de esta nación, hay que tener la sonrisa de Carlos Gardel”, frase sobre la que ironizó el genial Borges cuando sentenció: “Perón quiere tener la sonrisa de Gardel”.
De lo que no cabe duda es que en el cementerio bonaerense de la Chacarita, la tumba donde reposan los restos de Carlos Gardel es visitada diariamente por decenas de admiradores. Muchos más de los que pasean hasta la que guarda el cuerpo de Perón. Pero la tumba del tango tendrá que esperar milenios.
Nota del autor.- Los términos marcados en negrita significan respectivamente
Saraca (voz de admiración ante un hecho que no puedes creer) Pianté de la noria (me liberé de la locura)
Me saltaron los tapones (caerse los tacos de las botas de fútbol. Alegoría por “abandonar las obligaciones”)
Desatentao (alocado por la alegría de sentirse libre)
Llevando el bacalao de la Emulsión de Scott (alegóricamente alude a estar siempre pendiente, haciendo recados como llevar ese líquido, hecho a base de vitamina D, que sustituía la carencia de alimento, muy popular a finales del siglo XIX y comienzos del XX) Que me tira la pilota para hacerme resollar (blasonando acerca de que “aun no ha nacido quien me dome y me haga sudar”)
Panete (diminutivo de pana, colega, amigo)
Desate el paquete (metáfora por “cuando se dé cuenta de lo que tiene”)
Y manyé que se ensartó (comprender que se ha metido en un lío).
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ANIMALES CANOROS: FRANÇOISE HARDY
Posté à 09:52 PM le Monday, October 2, 2006 dans MUSICA

“Una voz fresca, dulce, moderna… Una chica de belleza serena, que compone sus propias canciones. Te gustará FRANÇOISE HARDY, porque al escucharla se oye también a los jóvenes que narran sus problemas amorosos. Una voz que te transporta a un mundo amable, cálido, repleto de dulzura rítmica y lozanía”.
Así de cursi, banal y aséptico era el texto que acompañaba el primer EP (Extended-Play o disco con cuatro canciones) de la protagonista de esta sección, publicado en España en el año 1962, justo en los meses en que Love me do (primer trallazo sonoro de los Beatles) se convertía en uno de los referentes obligados para los jóvenes más exigentes. Pero en aquel entonces (There but for fortune, por suerte para nosotros, que cantaba el tristemente desaparecido Phil Ochs,), no existía ninguna barrera moral, social o de índole artístico, y mucho menos a causa de las modas, por la que un melómano no pudiera disfrutar de la misma forma con las innovaciones que planteaban Los Byrds, que con la suavidad, a veces excesiva, de las canciones que brotaron desde la guitarra de una de las musas francesas más connotadas del siglo XX, al lado de Juliette Greco o Edith Piaf.
Fue la década más prolífica en la historia de la industria discográfica, no sólo plasmada en una auténtica muchedumbre de intérpretes de los más variados pelajes, sino por un detalle incontestable: miles de pequeñas joyas, miles de canciones de tres minutos, que han acompañado a varias generaciones durante más de cuarenta años. Ella, con un carisma único (que Carla Bruni ha recogido en parte en los albores del siglo XXI), significó algo más que una simple trovadora parisina dispuesta a encantar a una audiencia juvenil. Era, además, el sueño de millones de adolescentes europeos, la princesa que odiaría Sabina, la que nunca salía en los cuentos de hadas, aquella que no posee palacios ni coronas, pero con un encanto irresistible, a pesar de situarse en las antípodas del prototipo encarnado por Brigitte Bardot, protagonista del film “…Y Dios creó a la mujer”.
Françoise era el símbolo del romanticismo más irracional, ese que por mucho que nos empeñemos en negar, nos ha acosado, rascado las tripas y azotado, cuando aún éramos capaces de creer en el amor para toda la vida. Casi Todos los chicos y chicas del mundo entero nos hemos sentido, en alguna ocasión, inermes ante un amor no correspondido. Por eso, y porque muy en el fondo aún nos duele, aquí les dejo un homenaje a esa aún hermosísima mujer llamada Françoise Hardy, que nos ha obsequiado a lo largo de sus ya más de 60 años de vida, con grabaciones de una exquisita factura como Soleil (Sol) que me parece uno de esas colecciones de temas para sosegar el espíritu tras haber leído la última estupidez de J.J.Millás, Javier Marías o Rosa Montero.
Durante los años sesenta, Françoise fue fotografiada en múltiples ocasiones al lado de las grandes estrellas del rock internacional de aquella época, incluyendo a los propios Beatles, Rolling Stones (Mick Jagger aseguraba con irónica añoranza que la Hardy era su hermana gemela) o el mismísimo Bob Dylan, quien en 1966 pidió conocer a la estrella cuando él se disponía a dar varios conciertos en el Olympia parisino. En la contraportada del album "Another Side of Bob Dylan" (una espléndida obra que contenía delicias komo “It Ain’t Me Babe” y “All I Really Want To Do"), publicado en 1964,, había escrito "Some other kinds of songs”, un poema bastante extenso dedicado a la autora de Comment te dire adieu, que me atrevo a traducir libremente, porque la poesía de Bob es bastante complicada, a menos que caiga en la experta mano del siempre admirado Mario Antolín Rato.
Para Françoise Hardy:
En la orilla del Sena, la sombra gigante de Nôtre Dame parece atrapar mis pies. Los estudiantes de la Sorbona dan vueltas en sus frágiles bicicletas, sembrando unA vida de colores y de cuero viejo. La brisa abre la boca bostezando, como buscando alimento...Montañas de enamorados pescan, se besan, se tienden sobre sus propios libros. Hay barcos. Viejos ataviados con enormes bigotes, y montones de turistas que lucen sus rojas camisas de nylon.....
Pero no fue sólo el genio de Duluth quien comprendió la formidable naturalidad de esta parisina que hoy pasea su último disco Tant de belles choses, entre los más copiados del año 2005, sino otras decenas de intérpretes de otros tantos estilos, quienes se unieron a ese homenaje que ya dura más de ¡¡ 44 años ¡¡. Y así lo hizo el veterano grupo brasileño Os Mutantes,(“Le premier bonheur du jour”) en uno de sus primeros álbumes, (LP Polydor, 1968); sus compatriotas Serge Gaingsbourg (“L'anamour”, Fontana, 1969); Jacques Dutronc, que aún tiene la suerte de ser su compañero sentimental (“Le temps de l'amour”, SP Gaumont, 1980); Etienne D’Àho (“Et si je m'en vais avant toi”, CD Virgin, 1984); o suecas como la apabullante Annie-Frid Lyngstad, antes de ser parte de Abba (“Comment te dire adieu”, (SP, 1969): los británicos Eurythmics (“Tous les garçons et les filles”, SP RCA, 1985); Jimmy Sommerville, alma mater de The Communards, junto a June Miles Kingston (“Comment te dire adieu”, London, 1989); Kathe Sain-John (“Le premiére bonheur du tour”, All Saints Records, 1995); Jay Jay Johanson (“Rêve”, BMG, 1998); los exquisitos Saint-Etienne (“Find me a boy” - L'Appareil-photo. 1999), e incluso el malogrado Carlos Berlanga (“A Vannes”, Elefant, 2001).
Todos ellos y más, cantaron a la autora de Soleil, uno de sus más brillantes discos, poseedor de una rarísima cualidad. Se trata de una producción que no tiene desperdicio alguno, porque desde el primero de los temas, hasta el último, tienen el inconfundible aroma de lo bien hecho, de lo que deja huella por su belleza espontánea. Desde ese C'etait charmant, pasando por el tantas veces mentado Comment te dire adieu; el encanto singular que desprende Des ronds dans l'eau; el drástico, pero genial y amargo poema de Georges Brassens Il n'y a pas d'amour heureux, los caramelos titulados J'ai coupe le telephone, Je fais des puzzles, Ma jeunesse fout le camp, Mon amour, adieu, Oú va la chance; la adaptación del Romance anónimo (del olvidado y genial film “Juegos Prohibidos”) que ella dedicó a la ciudad de San Salvador, el paseo veraniego que da título al álbum, Soleil, y la guinda que corona el pastel: otra adaptación, esta vez la del eterno Suzanne, de Leonard Cohen.
No me extraña nada, y me reconforta, que personajes tan importantes como Malcolm McLaren afirmaran: "Era la pin-up definitiva, Todos los músicos que comenzaban a ser famosos en esa época, se llamaran Brian Jones, Mick Jagger, Paul McCartney, John Lennon,o Bob Dylan, buscaban desesperadamente que, de cualquier forma, Françoise Hardy se convirtiera en su novia, en su amor eterno”. Lo comprendo perfectamente.
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ANIMALES CANOROS: MIGUEL RIOS
Posté à 04:46 PM le Sunday, October 1, 2006 dans MUSICA
De amplia sonrisa y lunar perfecto (detalle erótico que le coloca entre Joan Manuel Serrat y la inolvidable Arlene Dahl), el rostro de Miguel denota cierta suficiencia, amparada en una lozana y discreta apostura, que deja escapar una caída de ojos semejante al tobogán infantil donde los niños juegan al nacimiento del vértigo. Las doncellas granadinas cayeron pronto en la tentación que suponía mecerse bajo la Alhambra, arropadas bajo la luna que el joven aspirante a cantor inventaba en sus imitaciones franco-italianas. Permeable a los ecos del festival de Sanremo (pobre ignorante aquel anónimo periodista que lo escribiera separado), las descargas de rock mexicano y los gorjeos de la divina Françoise Hardy, sueña con abandonar el recinto de Boabdil, cruzando Despeñaperros hacia el norte, para dedicarse a la búsqueda del Santo Grial del éxito en la obligada capital del estado.
Si Johnny Halliday había logrado situarse en la sombra de la sombra de la silueta de Elvis Presley, como el colega Adriano Celentano en su Milán natal en la misma época, Ríos intentó lo propio bajo el manto de un nuevo alias: Mike. Una vez americanizado, al menos en nombre, sus padrinos tejen para él una suerte de soportes en los que descansaría su indefinible estilo, siempre bajo el manto del cuarteto los Relámpagos o, más tarde, de los Sonor.
Seguro de su triunfo, Mike va curtiendo la piel de su rostro con una fina agresividad rítmica, a la que promete en matrimonio con una estilizada vena melódica, que le harán ideal para protagonizar cuantos guateques se produjeran, alternando todos los twists conocidos, las versiones de éxitos galos e italianos y un único rock and roll: Bonnie Moronie, bautizada como Popotitos. Sus carnosos labios, que esconden una de las dentaduras más perfectas del mundo canoro, invitan al beso febril de las doncellas dispuestas a abandonarse al sano placer de la lujuria, entornando las pupilas que titilan bajo las poderosas cejas, que detienen el sudor de su amplia frente adornada por un avispado y sinuoso tupé, que algún moderno peluquero colocó porque sí.
De estatura cercana al metro ochenta, talla no demasiado habitual en el sur de Hispania, las manos de Mike no conocían casi el sensual tacto de las guitarras eléctricas, y su imagen bien pudiera semejar a un Johhnie Ray cruzado con Dean Martín, entreteniendo a la audiencia de Sinatra en algún club de Las Vegas. De ademanes pausados, el torrente que se adivinaba en los ríos de su interior despierta imparable cuando recupera su auténtico nombre. El hijo del rock and roll es capaz de hacer digerible a María Ostiz, bailable a Serrat y creíble su monacal devoción por el heavy de los setenta.
Su aventura beethoveniana, que le encumbrara universalmente cuando agonizaba la década prodigiosa del pop, quiere ser continuada vía Dvorak con un rotundo fracaso, lo que provoca las primeras fisuras en el cutis del intérprete, decidido más que nunca a impregnar su alma de rock. Una cierta cólera contenida ante las críticas se agazapa bajo su mandíbula de sólido y desafiante mentón, mas la fuerza de su voluntad, inquebrantable al desaliento, le coloca ante la pantalla como narrador de la historia del pop para que pudiera unir su voz incluso a la de las estrellas que habían puesto en solfa su vigencia. La reconciliación de dos generaciones enfrentadas se había difuminado, una vez sellado el compromiso de abandonar las armas.
Amigo de sus amigos, enemigo de sus enemigos, su compromiso social con la izquierda le llevó a formar parte del entramado empresarial, en el que ciertas conciencias que abandonaron el ideario descansan tras el abandono de la utopía.. En su mirada hacia el siglo XXI, aún a pesar de la bonanza económica que rodea su espléndida madurez, hay un regusto de misterioso cabreo que avejenta su físico envidiable, síntoma de un espíritu trabajado en el deporte del balompié, el rechazo a la nicotina, el alcohol y las sustancias alucinógenas. Mira hacia atrás con desconfianza, hacia delante con la sensación de haber olvidado un equipaje en algún aeropuerto y hacia los lados temiendo encontrarse con alguna de sus bestias negras.
Una eterna y desagradable sospecha de perenne insatisfacción enmarca el imposible y anguloso óvalo de su curtida faz, en el que el erótico lunar parece haber perdido la magia de antaño. María Ostiz, Elvis Presley, Beethoven, Miguel Bosé, Serrat, el twist, el rock, la balada, la movida, se han mezclado impensablemente bajo su palio vocal. No hay nada reprochable en la indefinición militante de la que hace gala. Al fin y al cabo, todo es posible en Granada.
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