
El puente más largo del mundo es el que une Buenos Aires (Argentina) y Toulouse (Francia). Se llama Carlos Gardel y cada 24 de Junio, festividad de San Juan, la noche más larga del año, se cumple un año más de su muerte en un accidente aéreo en Medellín (Colombia).
Cuando llega esa fecha, son incontables los homenajes que en las dos primeras ciudades se dedican a la mayor figura que el tango ha producido en toda su historia. El tango: una forma de canción que se equipara en importancia al vals, el rock, el son, el corrido, la rumba, e incluso supera a los ritmos más populares de los últimos cien años. El tango, rabiosamente porteño, es internacional desde lustros, aunque sólo se comprenda en toda su formidable dimensión si se canta en los ambientes donde el lumpenproletariat, del que hablaba Marx, vive y lucha por la existencia. El tango, un baile, una danza nacida en los oscuros garitos de una ciudad con el mar en la puerta, donde marineros borrachos y prostitutas de origen incierto se afanan por creer en el amor, al menos durante unas horas.
El tango no sólo es el lamento del hombre burlado, sino también una queja agridulce que tiene en Gardel su deidad más venerada, una forma de contar historias de desamores, de traiciones y dignidad ante el oprobio, que pocos artistas se atreven a encarar, porque lo más sagrado de su interpretación es la credibilidad. Y los que lo han hecho, no han tenido más remedio que escuchar palabras de consuelo, pero casi nunca de felicitación; desde las pobres y bienintencionadas versiones de Serrat o Sabina, pasando por las más aberrantes: las que hiciera Plácido Domingo, el tenor que comprendía a Pinochet. En España, únicamente los argentinos Carlos Acuña, en los sesenta y Carlos Montero, exiliado en Madrid hacia los años 70, fueron capaces de traer algo de la magia de Gardel (que no fue el único, ni mucho menos), seguidos, ya en plena movida nacional, por el grupo Malevaje, cuyo vocalista Antonio Bartrina, a fuerza de cantarlos, terminó siendo una de sus voces más carismáticas, amén de haber logrado que las nuevas generaciones, aquellas que aplaudían a Radio Futura y Gabinete Caligari, supieran también disfrutar de las creaciones que nos llegaban desde el Viejo Almacén de Buenos Aires.
En el número 4 de la calle Canon d’Arcole, en la ciudad francesa de Toulouse, hace ya casi 10 años, y en presencia de las autoridades municipales, además del embajador de Argentina en aquel entonces, se descubría una placa conmemorativa que rezaba: “Fue en este inmueble donde nació, el 11 de diciembre de 1890, Charles Romuald Gardes, quien llegó a ser célebre en el mundo entero con el nombre de Carlos Gardel”, asunto que se disputa el hospital San Nicolás de la Grave, donde se dice que realmente dio a luz Marie Berthe Gardes, una pobre mujer tuvo que ejercer el oficio más antiguo del mundo para poder dar alimento a su hijo. En el centro reseñado, hay también una placa que recuerda la efemérides, aunque si nos atenemos al carné militar del mito, podremos leer que había nacido en Tacuarembo (Uruguay), el 11 de diciembre de 1887, hecho que no desmintió jamás el mismo Gardel, que en ocasiones presumía de su origen uruguayo. A este respecto tengo que señalar el dato de una reciente y sesuda investigación, realizada por el colega Erasmo Silva Cabrera, según la cual Gardel nació en aquella localidad uruguaya el 21 de Noviembre de 1881, hijo ilegítimo del coronel Carlos Escayola, quien tenia como empleada en el hogar a una mujer de origen francés, llamada Berthe Gardes, que se ocupaba del lavado y planchado de la ropa. Por otra parte, se conoce el detalle de que el militar tenia negocios en Francia, lo que podría reforzar la teoría, mas que posible, de que la hubiera traído personalmente desde Europa como sirvienta.
Pero tres meses después de la muerte del autor de El día que me quieras (una de mis diez canciones favoritas de todos los tiempos), su amigo Antonio del Pino se presentó en rueda de prensa exhibiendo un testamento ológrafo, en el que se insiste sobre el hecho de que el gran intérprete vio sus primeras luces en la ciudad francesa de Toulouse. Para rizar el rizo, ahí quedan los viajes (cinco, entre 1923 y 1934) que Gardel hizo a esa localidad cuando era un ídolo mundial, para visitar a su familia, de la que aún hay descendencia en la villa de Albi.
Dejamos ahí la polémica, ya que sería en extremo osado por mi parte imaginar al amigo en cuestión (que hasta la muerte del ídolo fue su secretario personal, encargado de firmar conciertos, galas y actuaciones), falsificando un documento semejante, porque además hoy no tiene importancia: Carlitos (como se le llamaba familiarmente), El Zorzal Criollo (seudónimo con el que se le conoció popularmente) o La Voz del Pueblo (como le apodaron sus más acérrimos fans), pertenece ya a la comunidad latina en particular, y por extensión a todas las naciones donde el tango se hace realidad, desde Finlandia a La India, de EEUU a Rusia.
Le imagino a bordo de un barco, en cubierta, protegido por su madre del frío y la humedad, cuando el 9 de marzo de 1893 llegaban a Buenos Aires para buscar fortuna y una vida menos dura que la que llevaban en Francia. Sus primeros años son también un misterio, aunque hay algunos indicios sobre el oficio de su madre, lavandera y planchadora, que fue capaz de gastar la mayor parte de su dinero en dar a su pequeño Carlos la que creía mejor educación, enviándole a un colegio privado donde creció simulando ser de origen burgués. Así, hasta que termina sus estudios y comienza en 1913 su vida bohemia, ayudado por amigos que admiraban su estilo y maneras de interpretar milongas, vidalas, etc., hasta que cuatro años más tarde graba su primer disco Mi noche triste, que le confirma, al vender nada menos que mil discos, como el primer gran fenómeno de la canción argentina.
Se supone que de esa etapa de éxito, entre compañeros de ascendencia acomodada, le vinieron a Gardel los irrefrenables deseos de lucir una buena ropa allá donde se hallara. Era todo, menos la encarnación del hombre de pueblo. Una persona a la que le gustaban los buenos perfumes, vestir prendas caras, ya fuera traje, pijama o smoking, siempre peinado con brillantina, bien rasurado y luciendo una espléndida dentadura. Y sin embargo no perteneció jamás a la alta burguesía, ni procedía de una familia de nuevos ricos o de alta alcurnia, en la ruina. Y por si fuera poco, podemos decir que jamás se le conoció, a pesar de sus giras, una pequeña fortuna. Cuando murió tenía en el banco 70.000 pesos.
Lo que fascinaba del personaje, del fenómeno Gardel, era su aire misterioso, ese duende que poseen aquellos de los que no sabemos sus orígenes, esa figura con toque angelical que le hacia irresistible al público femenino. Un tipo raro que nunca hablaba de su familia, de lo que hizo en sus años jóvenes, de su vida íntima, es decir, totalmente en las antípodas de las estrellas del siglo XXI.
Desde bien entrada la década del 50, son notorios y constantes, multitudinarios y de carácter internacional, los homenajes que se hacen a su figura cuando llega esa noche del 24 de Junio, en la que San Juan tiene que dejar sitio a San Carlos Gardel, para quemar lo innecesario en la hoguera mientras suenan Yira, Yira y Mi Buenos Aires querido. Pocos mitos (tal vez Elvis Presley o John Lennon) de la música popular del siglo XX son capaces de conmocionar a las nuevas generaciones con la fuerza de Gardel. Y sin embargo, el cantante no hubiera sido tal sin la existencia del dialecto lunfardo y de personalidades de la talla del poeta Enrique Santos Discépolo, auténtico genio literario, junto a Alfredo Le Pera (que murió en el mismo accidente que Gardel), Enrique Cadícamo u Homero Manzi. Ellos y músicos de la talla de Aníbal Troilo, Oswaldo Pugliese o Astor Piazzola, son algunos de los que sostienen ese inmenso edificio sonoro que es el tango, ese lamento del hombre (mujer) engañado, que dio a la posteridad joyas tan opuestas como Cambalache (1934, E. Santos Discépolo), cuyos versos, prohibidos por todas las dictaduras militares, siguen definiendo de forma genial el siglo XXI, o la más desconocida Victoria, también del mismo autor, cuya letra, que me parece sorprendente, echa por tierra la leyenda de la queja:
¡Victoria! ¡Saraca*, Victoria!
Pianté de la noria*: ¡Se fue mi mujer!
Si me parece mentira
después de seis años volver a vivir...
Volver a ver mis amigos,
vivir con mama otra vez.
¡Victoria! ¡Cantemos victoria!
Yo estoy en la gloria: ¡Se fue mi mujer!
¡Me saltaron los tapones*,
cuando tuve esta mañana
la alegría de no verla más!
Y es que al ver que no la tengo,
corro, salto, voy y vengo,
desatentao*...
¡Gracias a Dios que me salvé de andar
toda la vida atao, llevando el bacalao*
de la Emulsión de Scott..!
Si no nace el marinero que me tira la pilota*
para hacerme resollar*....
yo ya estaba condeno a morir ensartenao,
como el último infeliz.
¡Victoria! ¡Saraca, victoria¡
Pianté de la noria: ¡Se fue mi mujer!
Me da tristeza el panete*,
chicato inocente que se la llevó...
¡Cuando desate el paquete*
y manye que se ensartó!*
¡Victoria! ¡Cantemos victoria!
Yo estoy en la gloria: ¡Se fue mi mujer!
Cuando el dictador Juan Domingo Perón fue preguntado por su secreto para gobernar dijo: “Para regir los destinos de esta nación, hay que tener la sonrisa de Carlos Gardel”, frase sobre la que ironizó el genial Borges cuando sentenció: “Perón quiere tener la sonrisa de Gardel”.
De lo que no cabe duda es que en el cementerio bonaerense de la Chacarita, la tumba donde reposan los restos de Carlos Gardel es visitada diariamente por decenas de admiradores. Muchos más de los que pasean hasta la que guarda el cuerpo de Perón. Pero la tumba del tango tendrá que esperar milenios.
Nota del autor.- Los términos marcados en negrita significan respectivamente
Saraca (voz de admiración ante un hecho que no puedes creer) Pianté de la noria (me liberé de la locura)
Me saltaron los tapones (caerse los tacos de las botas de fútbol. Alegoría por “abandonar las obligaciones”)
Desatentao (alocado por la alegría de sentirse libre)
Llevando el bacalao de la Emulsión de Scott (alegóricamente alude a estar siempre pendiente, haciendo recados como llevar ese líquido, hecho a base de vitamina D, que sustituía la carencia de alimento, muy popular a finales del siglo XIX y comienzos del XX) Que me tira la pilota para hacerme resollar (blasonando acerca de que “aun no ha nacido quien me dome y me haga sudar”)
Panete (diminutivo de pana, colega, amigo)
Desate el paquete (metáfora por “cuando se dé cuenta de lo que tiene”)
Y manyé que se ensartó (comprender que se ha metido en un lío).