
“Una voz fresca, dulce, moderna… Una chica de belleza serena, que compone sus propias canciones. Te gustará FRANÇOISE HARDY, porque al escucharla se oye también a los jóvenes que narran sus problemas amorosos. Una voz que te transporta a un mundo amable, cálido, repleto de dulzura rítmica y lozanía”.
Así de cursi, banal y aséptico era el texto que acompañaba el primer EP (Extended-Play o disco con cuatro canciones) de la protagonista de esta sección, publicado en España en el año 1962, justo en los meses en que Love me do (primer trallazo sonoro de los Beatles) se convertía en uno de los referentes obligados para los jóvenes más exigentes. Pero en aquel entonces (There but for fortune, por suerte para nosotros, que cantaba el tristemente desaparecido Phil Ochs,), no existía ninguna barrera moral, social o de índole artístico, y mucho menos a causa de las modas, por la que un melómano no pudiera disfrutar de la misma forma con las innovaciones que planteaban Los Byrds, que con la suavidad, a veces excesiva, de las canciones que brotaron desde la guitarra de una de las musas francesas más connotadas del siglo XX, al lado de Juliette Greco o Edith Piaf.
Fue la década más prolífica en la historia de la industria discográfica, no sólo plasmada en una auténtica muchedumbre de intérpretes de los más variados pelajes, sino por un detalle incontestable: miles de pequeñas joyas, miles de canciones de tres minutos, que han acompañado a varias generaciones durante más de cuarenta años. Ella, con un carisma único (que Carla Bruni ha recogido en parte en los albores del siglo XXI), significó algo más que una simple trovadora parisina dispuesta a encantar a una audiencia juvenil. Era, además, el sueño de millones de adolescentes europeos, la princesa que odiaría Sabina, la que nunca salía en los cuentos de hadas, aquella que no posee palacios ni coronas, pero con un encanto irresistible, a pesar de situarse en las antípodas del prototipo encarnado por Brigitte Bardot, protagonista del film “…Y Dios creó a la mujer”.
Françoise era el símbolo del romanticismo más irracional, ese que por mucho que nos empeñemos en negar, nos ha acosado, rascado las tripas y azotado, cuando aún éramos capaces de creer en el amor para toda la vida. Casi Todos los chicos y chicas del mundo entero nos hemos sentido, en alguna ocasión, inermes ante un amor no correspondido. Por eso, y porque muy en el fondo aún nos duele, aquí les dejo un homenaje a esa aún hermosísima mujer llamada Françoise Hardy, que nos ha obsequiado a lo largo de sus ya más de 60 años de vida, con grabaciones de una exquisita factura como Soleil (Sol) que me parece uno de esas colecciones de temas para sosegar el espíritu tras haber leído la última estupidez de J.J.Millás, Javier Marías o Rosa Montero.
Durante los años sesenta, Françoise fue fotografiada en múltiples ocasiones al lado de las grandes estrellas del rock internacional de aquella época, incluyendo a los propios Beatles, Rolling Stones (Mick Jagger aseguraba con irónica añoranza que la Hardy era su hermana gemela) o el mismísimo Bob Dylan, quien en 1966 pidió conocer a la estrella cuando él se disponía a dar varios conciertos en el Olympia parisino. En la contraportada del album "Another Side of Bob Dylan" (una espléndida obra que contenía delicias komo “It Ain’t Me Babe” y “All I Really Want To Do"), publicado en 1964,, había escrito "Some other kinds of songs”, un poema bastante extenso dedicado a la autora de Comment te dire adieu, que me atrevo a traducir libremente, porque la poesía de Bob es bastante complicada, a menos que caiga en la experta mano del siempre admirado Mario Antolín Rato.
Para Françoise Hardy:
En la orilla del Sena, la sombra gigante de Nôtre Dame parece atrapar mis pies. Los estudiantes de la Sorbona dan vueltas en sus frágiles bicicletas, sembrando unA vida de colores y de cuero viejo. La brisa abre la boca bostezando, como buscando alimento...Montañas de enamorados pescan, se besan, se tienden sobre sus propios libros. Hay barcos. Viejos ataviados con enormes bigotes, y montones de turistas que lucen sus rojas camisas de nylon.....
Pero no fue sólo el genio de Duluth quien comprendió la formidable naturalidad de esta parisina que hoy pasea su último disco Tant de belles choses, entre los más copiados del año 2005, sino otras decenas de intérpretes de otros tantos estilos, quienes se unieron a ese homenaje que ya dura más de ¡¡ 44 años ¡¡. Y así lo hizo el veterano grupo brasileño Os Mutantes,(“Le premier bonheur du jour”) en uno de sus primeros álbumes, (LP Polydor, 1968); sus compatriotas Serge Gaingsbourg (“L'anamour”, Fontana, 1969); Jacques Dutronc, que aún tiene la suerte de ser su compañero sentimental (“Le temps de l'amour”, SP Gaumont, 1980); Etienne D’Àho (“Et si je m'en vais avant toi”, CD Virgin, 1984); o suecas como la apabullante Annie-Frid Lyngstad, antes de ser parte de Abba (“Comment te dire adieu”, (SP, 1969): los británicos Eurythmics (“Tous les garçons et les filles”, SP RCA, 1985); Jimmy Sommerville, alma mater de The Communards, junto a June Miles Kingston (“Comment te dire adieu”, London, 1989); Kathe Sain-John (“Le premiére bonheur du tour”, All Saints Records, 1995); Jay Jay Johanson (“Rêve”, BMG, 1998); los exquisitos Saint-Etienne (“Find me a boy” - L'Appareil-photo. 1999), e incluso el malogrado Carlos Berlanga (“A Vannes”, Elefant, 2001).
Todos ellos y más, cantaron a la autora de Soleil, uno de sus más brillantes discos, poseedor de una rarísima cualidad. Se trata de una producción que no tiene desperdicio alguno, porque desde el primero de los temas, hasta el último, tienen el inconfundible aroma de lo bien hecho, de lo que deja huella por su belleza espontánea. Desde ese C'etait charmant, pasando por el tantas veces mentado Comment te dire adieu; el encanto singular que desprende Des ronds dans l'eau; el drástico, pero genial y amargo poema de Georges Brassens Il n'y a pas d'amour heureux, los caramelos titulados J'ai coupe le telephone, Je fais des puzzles, Ma jeunesse fout le camp, Mon amour, adieu, Oú va la chance; la adaptación del Romance anónimo (del olvidado y genial film “Juegos Prohibidos”) que ella dedicó a la ciudad de San Salvador, el paseo veraniego que da título al álbum, Soleil, y la guinda que corona el pastel: otra adaptación, esta vez la del eterno Suzanne, de Leonard Cohen.
No me extraña nada, y me reconforta, que personajes tan importantes como Malcolm McLaren afirmaran: "Era la pin-up definitiva, Todos los músicos que comenzaban a ser famosos en esa época, se llamaran Brian Jones, Mick Jagger, Paul McCartney, John Lennon,o Bob Dylan, buscaban desesperadamente que, de cualquier forma, Françoise Hardy se convirtiera en su novia, en su amor eterno”. Lo comprendo perfectamente.
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