
Ibiza es una diminuta isla que ha quedado para la historia como uno de los territorios más permisivos y tolerantes de la Europa mediterránea, desde que se comenzara a escuchar la palabra hippie. Desde mediados de la década del 60, hasta hoy, todo aquello relacionado con cierta libertad en la práctica del sexo, el consumo de alguna droga y el volumen de la música, dentro y fuera de las discotecas, han diferenciado a la antigua Eivissa fenicia y romana, del resto de sus hermanas griegas, italianas o árabes.
A lo largo de sus escasos 40 kilómetros de largo y 20 de ancho se encuentran cientos de playas, calas y cuevas marinas donde disfrutar de las aguas cálidas del Mare Nostrum, pegarte un baño de dioses esperando la llegada de una sirena despistada o una ninfa caprichosa, o residir en cualquiera de esos pequeños e inimitables pueblos, formados con acogedoras casas blancas, donde refugiarte de la multitud tras un concierto memorable y de los periodistas de medio mundo que intentan lograr la consabida exclusiva.
Y como Bob Marley sabía que sus inmensos porros de marihuana no iban a contaminar la atmósfera de la ya de por sí aromatizada isla, nos permitió, a Ángel Casas y a mí, con las cámaras del Popgrama (TVE-2), penetrar hasta los aledaños de la mansión que se le había alquilado para reposar tras el concierto dado en la Plaza de Toros ibicenca, en una pacífica tarde de 1980. La verdad es que el amigo Marley no nos recibió con sonrisas o al menos un par de cervezas, sino con un gesto de “Espérense ahí donde están” (en la entrada del jardín), mientras disfrutaba de un inmenso joint en forma de paraguas y dos grouppies (bellísimas colipoterras a sueldo del promotor del show), que se supone habían hecho disfrutar a Bob tras la opípara cena que se les sirvió en el restaurante Las Dalias.
Ni en la comilona, ni durante el concierto, ni en el recorrido, ni en el aeropuerto, la Policía Nacional o la Guardia Civil quiso intervenir el más de kilo y medio de marihuana de la buena que se trajeron los Wailers, sus mujeres y demás personal del staff, sólo para 48 horas. ¡Hay que ver cómo se colocaban los condenados¡… Y nosotros, ni una puta cerveza. Tras varios intentos y miraditas de mi parte a las guapísimas y esculturales mozas, para que influyeran en Marley y nos permitiera realizar la entrevista soñada, una de ellas, la más rubia y tetuda, de ojos azules y pícaros, me sonrió benévola y nos llamó mientras abrazaba a Marley, para que fuéramos ubicando las cámaras y los micrófonos.
Tal vez fue el ganja, tal vez el nerviosismo de hallarnos ante una estrella del calibre de Bob, quizás el inglés con sabor a patois del autor de No Woman, no Cry, o el nuestro de andar por casa, el caso es que no nos entendimos en absoluto y aquello se convirtió en un diálogo de besugos, entre una pantomima a lo Tip y Coll o un monólogo de Pedro Reyes. Como cuando le pregunté al discípulo de Salomón por un incidente que, al parecer, le había costado un disparo en uno de sus brazos, a lo que me contestó que eso jamás sucedió. Una hora más tarde, cuando ya las cámaras habían acabado de rodar, me mostraba una cicatriz en su brazo izquierdo y decía: “Mira, fíjate qué balazo me metieron hace unos años durante una refriega en Kingston”. Se nota que la marihuana coloca y desubica al mismo tiempo, dependiendo del humor, de las ganas y de la atención que hayas prestado a los reporteros. Jamás en mi vida profesional (en la sexual, muchas más veces, claro) me he sentido tan avergonzado por haber desperdiciado una ocasión única e irrepetible. Mis compañeros me consolaban diciendo que en esas circunstancias, a cualquiera le hubiera sucedido lo mismo. Marley estaba paseando por el Paraíso, pero Angel Casas y yo, intentábamos hacer periodismo musical. Muy jodido el asunto, brothers. El caso es que, un año más tarde, Bob moría víctima del cáncer de pulmón que se le había detectado en 1977, del que no hizo ni pajolero caso, desafiando a las células malignas con sus inocentes creencias, su Biblia, su Haile Selassie, sus porros y su reggae.
Hoy, aquellos pocos minutos que inmortalizamos en Ibiza, se encuentran en algún lugar de la videoteca de Prado del Rey, en una de las sedes de TVE, y yo no tengo ni una puñetera copia. Manda huevos, que diría Trillo. Hace unas semanas, el 11 de Mayo de 2006, se cumplieron los 25 años de la muerte de genial creador jamaicano, así que no me he podido resistir a la hora de homenajear a este auténtico representante de la más genuina música popular jamaicana.
El primer álbum en solitario de Bob Marley, titulado Natty Dread, probó de forma definitiva que el jamaicano era todo un artista, amén de un eficaz promotor de la causa rasta. Es a partir de su lanzamiento universal cuando comienza a conocerse mejor a la sociedad de aquella isla caribeña, en la que conviven desde hace decenas de años una curiosa mezcla de aromas galos y economía socialista made in Great Britain, adobada con el frenesí que despertaba la siniestra figura de uno de los personajes más crueles, estúpidos y banales que sólo pueden darse en una nación entregada a la incultura militante: el llamado León de Judá, Emperador de Etiopía, Haile Selassie, felizmente desaparecido.
El nombre de Marley había comenzado a ser paseado por las productoras discográficas londinenses, desde que el inmenso guitarrista Eric Clapton adaptara aquella delicia titulada I Shot The Sheriff, atrayendo hacia Kingston a un buen número de avispados productores ávidos por descubrir otra gallina que pusiera huevos de oro, sin tener que abonar una gran cantidad de libras esterlinas. Al lado de Bob se encontraba Al Anderson, un joven guitarrista estadounidense experimentado en blues, quien se encargaba se emsamblar y diseñar a toda la banda, incluyendo un trío vocal femenino (The I -Three’s) formado por "Judy" Mowatt, Marcia Griffith y Rita Marley, esposa del líder. En la portada del disco aún se mencionaba a los Wailers, aunque su formación había variado considerablemente.
Ese álbum, Natty Dread, fue producido por Chris Blackwell (propietario de la compañía Island Records), grabado en la capital de Jamaica en los estudios Harry J., pero mezclado finalmente en el Basing Street, en Londres, en 1974. Natty Dread se convirtió de inmediato en un enorme éxito comercial y mediático, gracias en primer término a la pureza del nuevo ritmo. el reggae, hermano del calypso, y de piezas tan atractivas como No Woman No Cry, que llegó a ser un auténtico himno entre los emigrantes de origen caribeño y africano que residian en la ciudad del Támesis. A partir de entonces, ni el rock duro, ni el sinfónico, ni siquiera las producciones en solitario de los miembros de los Beatles, o los latigazos de los Stones, podrían liberarse de la presencia de Marley. La cadencia sensual del reggae había derribado a los ídolos de siempre. introduciendo un nuevo elemento rítmico que aún resuena en el siglo XXI, no sólo en su forma más pura, sino también a través de inventos bastardos, pero enormemente eficaces, como el denostado reggaeton. Puede que muchos jóvenes ignoren aún quién era Bob Marley, porque los medios de incomunicación de masas son irrebasables y determinan lo que es antiguo o no, pero el poder de atracción y la fuerza persuasiva de Lively up yourself, No Woman no Cry, Them Belly Full (but we hungry), Rebel Music, So Jah say, Natty Dread, Bend Down Low, Talkin’ Blues y Revolution, es incontestable. A esta lista habría que añadir una canción más Am A Do, que se publicó como bonus track en el CD editado en 1991.
Las letras de Marley eran simples, pero apasionadas, intentaban comunicar ideas de compromiso, convicción y lucha incruenta, dotadas de un cierto misticismo, lógico en quienes creen conocer la potencia de los dioses y seres supremos. Sólo hay que detenerse en el texto de Them Belly Full, Talkin’ Blues y Revolution, para comprender el mensaje que demandaba un urgente cambio social, que aún sigue precisando Jamaica. Fue una persona primitiva, un hombre curioso, sencillo, simple, directo y arriesgado, que supo huir de EEUU cuando se le trató de enviar a la guerra de Vietnam (había emigrado a las tierras del Tio Sam buscando fortuna), y ni siquiera el recuerdo de su padre, capitán del Ejército británico le ató a la yunta de la obediencia estúpida y ciega de las fuerzas armadas.
Un insumiso con un par de huevos, una guitarra eficacísima, un sentido del ritmo que ni Camarón, y un amor incontrolado por una María especial: esa que crece inocente y feliz en huertas, terrazas, campos y montes del primero, segundo y tercer mundo.