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SIEMPRE A LA IZQUIERDA
Una página donde se cree en las utopias, se trabaja en la realidad y no se gana ni un duro.

ANIMALES CANOROS: VÍCTOR MANUEL

Posté à 04:54 PM le Sunday, October 1, 2006

Disculpe el lector si he acudido a la inocente broma monárquica, para ponerle nombre a estas líneas dedicadas a un personaje muy querido en Asturias (merecidamente, qué duda cabe), feliz consorte de la no menos idolatrada Ana Belén (a quien admiro en los tonos graves, pero logra irritarme en los agudos), avispado hombre de negocios en la España del siglo XXI, "comunista, pero no estúpido" (según sus propias palabras), otrora amigo de la Revolución castrista, aunque hoy poseedor de una conciencia tan frágil, tan sensible, que le hace firmar un inútil panfleto contra la ejecución de unos terroristas en Cuba (único país bloqueado militar y económicamente durante más de 45 años), e incapaz de estremecerse, hace sólo unos días, cuando se aplicaba la inyección letal en el estado de Texas (USA) a Frances Newton, una mujer de raza negra, pobre y desequilibrada, ejecutada ante algunos de sus familiares y parte de esa prensa ávida de amarillismo y violencia. Ese tipo de ánima, doliente en algunas ocasiones e indiferente ante las brutalidades yanquis, no entra en mis esquemas. Tal vez se trate de otro caso de conciencia esporádica. Como la de Sabina, Serrat, o la propia Ana.

Mas, ¡ay, querido Víctor!, la práctica habitual de reuniones y festejos junto a decenas de colegas y amigos, en las que ya se aceptó (tras la primera victoria del PSOE) que, ése que hoy se vive, es el mejor de los mundos posibles; tras comprender, aprobar y aplaudir la deserción paulatina de “rojos” como Cristina Almeida, Santiago Carrillo, José María Mohedano, Diego Garrido, Enrique Curiel, Feliciano Fidalgo y otr@s figuras del teatro político, y después de contemplar atónitos la caída del campo socialista, el abandono de las hoces y los martillos y el derrumbe del muro de Berlín, me pregunto dónde estuvo el corazón del autor de La Romería: si al lado de los débiles, o embobado con Gorbachov, la glasnot y la perestroika.

Desde entonces otros muros han nacido, vergonzantemente (aplastando, por ejemplo, el sueño de una Palestina libre), sin que él y esos amigos, ya imbuidos de ideología neoliberal, hayan dicho ni una sola palabra en contra. ¿Son, acaso, nada más que paredes altas, cuerpos pétreos de contención, diques contra la miseria que representan los perdedores, y más si son árabes? Claro, hoy el enemigo no son los comunistas, sino las huestes de Mahoma allá donde se encuentren. Y a esos no se les da ni la hora.

Víctor Manuel debe regresar a la mina. Antes, le iluminaba un cierto candor bajo el que se ocultaba una singular astucia trabajada en el canto, y… en el desencanto. Los mofletes que lucía, esculpidos a golpe de aire manchado de carbón, tremolan hoy con extraño ritmo, junto a un timbre quejumbroso, recio y apretado, que parece brotar del esfuerzo sobrehumano del que pugna por salir a la superficie, tras largas horas de encierro involuntario, cuando no de un incómodo estreñimiento.

Sus manos se aferraron a las caderas de una guitarra, primero para cantarle a la ilusión de un primer disco, pero poco más tarde, cambió de tercio, mostrándose valiente y corajudo al escupir de frente a las armas, la milicia y la admiración por la muerte, que alababa aquel general llamado Millán-Astray, paranoico entre los paranoicos, cuando Asturias, negra por dentro, verde por fuera, pedía a gritos la libertad. Como Euskadi. Como Catalunya. Como Galiza.

Aquella canción supuso el primer contacto de Víctor con los verdaderos militares de la dictadura, aquellos que (como muchos de hoy en día) se colocan por montera la sinrazón del patrioterismo “a lo José María Aznar”, despreciando la inteligencia, siendo expulsado de Canarias (decisión ilegal, incluso entonces), para acudir tembloroso, pocos años más tarde, a cumplir el deber con la patria en los cuarteles del ejército del aire.

Como nieto de picador, allá en la mina, autor de sentidas canciones de regusto folklórico, no era un peligro para el régimen que consagró a ese Rey al que tanto elogia, ¡manda huevos!, en los festejos republicanos. (Juan Carlos, por si no lo recuerda el autor de Paixarinos, es el presidente virtual del mayor y más potente club de fans del asesino Francisco Franco). Sin embargo, para sosiego de la dictadura, Víctor no arrastraba a la intelectualidad catalana, ni vasca, como Raimon, Xabier Lete, Serrat o Lluis Llach. Y que conste, que buena parte de la obra del asturiano, no tiene nada que envidiar al Joan Manuel de los comienzos, al de Cancó de Matinada o Ara que tinc vingt anys, canciones blandas, sin el menor atisbo de poesía, pero que despertaban la emoción primaria de los inocentes, como simples e infantiles eran She loves you de Los Beatles, o L’Estaca de Lluis. Pero el amigo Víctor no precisaba de la patológica necesidad del yacuzzi de masas (el baño de multitudes ya es muy antiguo), aquel por el que suspiran aun Julio Iglesias o Javier Sardá, megaestrellas del firmamento de la mediocridad más casposa. Por fortuna, no camina por esa estúpida senda.

Su carácter, reservado y tristón, se vistió de gala en la clandestinidad, trabajando para el aparato del PCE con un entusiasmo tal, que años más tarde, decepcionado como muchos por la indolencia, la inoperancia y las mentiras de algunos dirigentes, optó por tirar la toalla, ponerse un albornoz y escorarse a la derecha. Yo hice lo propio (e incluso apoyé en una ocasión a F. González), mas al comprobar el descaro del hortera sevillano y su equipo habitual, puse tierra de por medio para refugiarme todavía más a la izquierda, aunque comprendo que el cansancio de la militancia, arrastre a muchos compañeros a territorios anclados en el desánimo.

Y luego llegan las diatribas. Los ex comunistas son los peores enemigos de aquello por lo que dejaron la piel. ¿Se trata de una revancha? No lo creo. Como dicen los psiquiatras: “Es un claro ejemplo de gente queriendo matar al progenitor”. Tal vez por ese vendaval de desengaños, Víctor jugó a ser lírico, épico, dramático e irónico, mas casi siempre se quedaba en el umbral, aldaba en mano, clavado en la puerta, en tanto un coro invisible de voces le pedían que regresara a las reflexiones humildes, a la verde Asturias, desde donde traer la chispa de la sidra, el helado de Cabrales (el queso es insoportable en un viaje) y una fabada auténtica. Víctor se niega en rotundo; prefiere encerrarse en historietas melodramáticas de las que ya nunca salió ileso, mientras su musa, Pilar de la Cuesta, alias Ana Belén, le enseña cómo se alcanza el sosiego, la calma y la seguridad interna.

Pero la carne va cayendo (que me lo digan a mí), el pelo va desapareciendo, la vista se va deteriorando, aunque el dinero continúa multiplicándose por arte de una inteligente inversión, que no de birlibirloque. Una dulce sonrisa enmarca hoy el rostro del autor de El Abuelo Víctor, sentado en la mecedora, bajo los sauces, mientras imagina a los nietos jugando en la piscina. Dentro de la casa, Pilar prepara unos martinis muy secos para el aperitivo. Es la bebida que le gusta al Rey y nunca toma menos de tres. La felicidad es ella… y aunque él no lo sabe, estoy seguro que es el mejor Príncipe de Asturias que pudiera tener aquella tierra, aunque un lejano eco, que él se niega a escuchar, diga: Viva la República.


 
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