El aula ha abierto sus puertas. Los alumnos van a disfrutar de una de las lecciones que el profesor imparte con la gracia de un impensable torero maño. Ante la sorpresa general, le acompaña un bedel cargando una guitarra, que éste deposita sobre la mesa con el mimo con el que hace lustros se trataban los objetos mágicos. Se hace el silencio ante la entrada del hoy único diputado de la Chunta Aragonesista en las cortes españolas. También él cree en esa democracia.
El bigotudo educador toma la silla donde habitualmente se sienta y coloca en ella su pierna derecha, deja la cartera repleta de libros, toma el instrumento y comienza a cantar “Polvo, niebla, viento y sol y donde haya agua, una huerta, al Norte los Pirineos, esta tierra es Aragón”. Cuando finaliza su homenaje a la tierra de Goya, Buñuel, García Abril, Gracián y Borau, estalla un tímido aplauso mientras aquellos púberes se miran desconcertados entre risas contenidas y alegría ante la heterodoxia. ¿Podrían ser así hasta las clases de matemáticas? Las de latín, al menos sí, como apuntara Jacques Brel cuando ironizaba con “Rosa, rosae”, que el propio Labordeta recogiera más tarde rindiendo tributo al belga, añadiendo a la canción el intangible valor del número pi, y el recuerdo de los muertos de la última guerra civil.
El rostro de José Antonio es adusto como el paisaje, curtido en la clandestinidad de las tertulias donde los demócratas conspiraban para tratar de hallar la fórmula que envenenara al franquismo. Brassens le enseñó a dejarse un espeso bigote con el que impresionar a los comisarios cuando tuviera que sufrir un interrogatorio; por ello, luce orgulloso su mata de ensortijado pelo, ya que, ¡ay, estúpida alopecia¡ sobre la cabeza relumbra el sol del que se defiende con una singular gorra escocesa, francesa, inglesa o suiza; qué más da.
Emerge su voz, potente y clara, como un geiser de Islandia clavado en el Moncayo, impelida por la invisible pujanza de historias tan arraigadas como la de Severino El Sordo, que vio la luz en aquellas montañas, en aquellos paisajes agrestes de La Sanjuanada, donde La Vieja canta una nana para dormir a un niño y las uvas dulces mitigan el dolor de las banderas rotas. Las pobladas cejas sirven de parasol a esa franca mirada en la que ya hurga el gusano de la aceptación definitiva. Y deja el cigarrillo.
Hay ocasiones en las que el gesto amable se torna severo, frunce el ceño desconfiado y continúa su camino hacia la libertad, inventando una imposible Zarajota a ritmo de blues. Y es que Aragón ya no es sólo la Pilarica, el Ebro silencioso, Ramón y Cajal, Agustina o Escrivá de Balaguer; se le ha colgado del viento un profesor que canta lo que somos, que siembra el conocimiento echándole aire al aire, quitándole trascendencia a lo superfluo y prestándonos un poco de su historia personal. Con ella a cuestas, y esa mochila con la que ha recorrido todo un país repleto de naciones, nos invita a seguir aprendiendo a cada paso, porque corren tiempos de imbecilidad colectiva de los que es casi imposible desligarse. Hay que defenderse de la estulticia.
Han pasado más de setenta años desde que diera su primer grito. Va camino del Congreso y recuerda sus días como profesor de instituto en excedencia. Aquellos negros años en los que hasta se hizo amigo del policía que tenía la obligación de vigilarle; un mediocre funcionario que incluso derramó una furtiva lágrima en la estación de Teruel, cuando el autor del “Réquiem para un burguesito” se iba a Zaragoza a impartir clases magistrales.
Rememora los poemas de su hermano Miguel, su romance con Paula, el nacimiento de sus hijas, las conferencias y recitales en el Colegio Pignatelli. Pasan zumbando sus proyectos de novela, sus notables viajes y cientos de artículos periodísticos. Aún le suenan las órdenes del realizador de TV cuando gritaba eso de “¡Cuenta cinco y acción¡”. Todo eso y los casi veinte discos que ha publicado. Y se apaga el siglo XX.
El Congreso ha abierto sus puertas. Los diputados van a discutir amigablemente mientras millones de ciudadanos se han concienciado acerca de la inutilidad del hemiciclo. Todavía reconforta aquella bellísima frase que dirigió a los que niegan el holocausto republicano en la España franquista: “¡Váyanse a la mierda, joder¡”. El veterano profesor mira socarrón desde su escaño mixto. ¿Para esto le puse alforjas a la burra?, se pregunta, mientras extrae del bolsillo un ejemplar de las obras completas de su hermano Miguel. Cierra los oídos y lee pausadamente imaginando que habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga: libertad. Sabe que no caerá esa breva, porque él conoce perfectamente que aún no ha llegado aquella por la que él alzaba la voz.
Y el siglo XXI sigue caminando entre bombas, bushes, torturas, blairs, asesinatos, aznares, mentiras, zapateros, manipulaciones, polancos, bloqueos y solanas; y sin embargo, “El Ebro guarda silencio al pasar por el Pilar”.