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SIEMPRE A LA IZQUIERDA
Una página donde se cree en las utopias, se trabaja en la realidad y no se gana ni un duro.

ANIMALES CANOROS: CARLOS GARDEL

Posté à 10:07 PM le Monday, October 2, 2006 dans MUSICA

El puente más largo del mundo es el que une Buenos Aires (Argentina) y Toulouse (Francia). Se llama Carlos Gardel y cada 24 de Junio, festividad de San Juan, la noche más larga del año, se cumple un año más de su muerte en un accidente aéreo en Medellín (Colombia).

 

Cuando llega esa fecha, son incontables los homenajes que en las dos primeras ciudades se dedican a la mayor figura que el tango ha producido en toda su historia. El tango: una forma de canción que se equipara en importancia al vals, el rock, el son, el corrido, la rumba, e incluso supera a los ritmos más populares de los últimos cien años. El tango, rabiosamente porteño, es internacional desde lustros, aunque sólo se comprenda en toda su formidable dimensión si se canta en los ambientes donde el lumpenproletariat, del que hablaba Marx, vive y lucha por la existencia. El tango, un baile, una danza nacida en los oscuros garitos de una ciudad con el mar en la puerta, donde marineros borrachos y prostitutas de origen incierto se afanan por creer en el amor, al menos durante unas horas.

 

El tango no sólo es el lamento del hombre burlado, sino también una queja agridulce que tiene en Gardel su deidad más venerada, una forma de contar historias de desamores, de traiciones y dignidad ante el oprobio, que pocos artistas se atreven a encarar, porque lo más sagrado de su interpretación es la credibilidad. Y los que lo han hecho, no han tenido más remedio que escuchar palabras de consuelo, pero casi nunca de felicitación; desde las pobres y bienintencionadas versiones de Serrat o Sabina, pasando por las más aberrantes: las que hiciera Plácido Domingo, el tenor que comprendía a Pinochet. En España, únicamente los argentinos Carlos Acuña, en los sesenta y Carlos Montero, exiliado en Madrid hacia los años 70,  fueron capaces de traer algo de la magia de Gardel (que no fue el único, ni mucho menos), seguidos, ya en plena movida nacional, por el grupo Malevaje, cuyo vocalista Antonio Bartrina, a fuerza de cantarlos, terminó siendo una de sus voces más carismáticas, amén de haber logrado que las nuevas generaciones, aquellas que aplaudían a Radio Futura y Gabinete Caligari, supieran también disfrutar de las creaciones que nos llegaban desde el Viejo Almacén de Buenos Aires.

 

En el número 4 de la calle Canon d’Arcole, en la ciudad francesa de Toulouse, hace ya casi 10 años, y en presencia de las autoridades municipales, además del embajador de Argentina en aquel entonces, se descubría una placa conmemorativa que rezaba: “Fue en este inmueble donde nació, el 11 de diciembre de 1890, Charles Romuald Gardes, quien llegó a ser célebre en el mundo entero con el nombre de Carlos Gardel”, asunto que se disputa el hospital San Nicolás de la Grave, donde se dice que realmente dio a luz Marie Berthe Gardes, una pobre mujer tuvo que ejercer el oficio más antiguo del mundo para poder dar alimento a su hijo. En el centro reseñado, hay también una placa que recuerda la efemérides, aunque si nos atenemos al carné militar del mito, podremos leer que había nacido en Tacuarembo (Uruguay), el 11 de diciembre de 1887, hecho que no desmintió jamás el mismo Gardel, que en ocasiones presumía de su origen uruguayo. A este respecto tengo que señalar el dato de una reciente y sesuda investigación, realizada por el colega Erasmo Silva Cabrera, según la cual Gardel nació en aquella localidad uruguaya el 21 de Noviembre de 1881, hijo ilegítimo del coronel Carlos Escayola, quien tenia como empleada en el hogar a una mujer de origen francés, llamada Berthe Gardes, que se ocupaba del lavado y planchado de la ropa. Por otra parte, se conoce el detalle de que el militar tenia negocios en Francia, lo que podría reforzar la teoría, mas que posible, de que la hubiera traído personalmente desde Europa como sirvienta.

 

Pero tres meses después de la muerte del autor de El día que me quieras (una de mis diez canciones favoritas de todos los tiempos), su amigo Antonio del Pino se presentó en rueda de prensa exhibiendo un testamento ológrafo, en el que se insiste sobre el hecho de que el gran intérprete vio sus primeras luces en la ciudad francesa de Toulouse. Para rizar el rizo, ahí quedan los viajes (cinco, entre 1923 y 1934) que Gardel hizo a esa localidad cuando era un ídolo mundial, para visitar a su familia, de la que aún hay descendencia en la villa de Albi.

 

Dejamos ahí la polémica, ya que sería en extremo osado por mi parte imaginar al amigo en cuestión (que hasta la muerte del ídolo fue su secretario personal, encargado de firmar conciertos, galas y actuaciones), falsificando un documento semejante, porque además hoy no tiene importancia: Carlitos (como se le llamaba familiarmente), El Zorzal Criollo (seudónimo con el que se le conoció popularmente) o La Voz del Pueblo (como le apodaron sus más acérrimos fans), pertenece ya a la comunidad latina en particular, y por extensión a todas las naciones donde el tango se hace realidad, desde Finlandia a La India, de EEUU a Rusia.

 

Le imagino a bordo de un barco, en cubierta, protegido por su madre del frío y la humedad, cuando el 9 de marzo de 1893 llegaban a Buenos Aires para buscar fortuna y una vida menos dura que la que llevaban en Francia. Sus primeros años son también un misterio, aunque hay algunos indicios sobre el oficio de su madre, lavandera y planchadora, que fue capaz de gastar la mayor parte de su dinero en dar a su pequeño Carlos la que creía mejor educación, enviándole a un colegio privado donde creció simulando ser de origen burgués. Así, hasta que termina sus estudios y comienza en 1913 su vida bohemia, ayudado por amigos que admiraban su estilo y maneras de interpretar milongas, vidalas, etc., hasta que cuatro años más tarde graba su primer disco Mi noche triste, que le confirma, al vender nada menos que mil discos, como el primer gran fenómeno de la canción argentina.

 

Se supone que de esa etapa de éxito, entre compañeros de ascendencia acomodada, le vinieron a Gardel los irrefrenables deseos de lucir una buena ropa allá donde se hallara. Era todo, menos la encarnación del hombre de pueblo. Una persona a la que le gustaban los buenos perfumes, vestir prendas caras, ya fuera traje, pijama o smoking, siempre peinado con brillantina, bien rasurado y luciendo una espléndida dentadura. Y sin embargo no perteneció jamás a la alta burguesía, ni procedía de una familia de nuevos ricos o de alta alcurnia, en la ruina. Y por si fuera poco, podemos decir que jamás se le conoció, a pesar de sus giras, una pequeña fortuna. Cuando murió tenía en el banco 70.000 pesos.

 

Lo que fascinaba del personaje, del fenómeno Gardel, era su aire misterioso, ese duende que poseen aquellos de los que no sabemos sus orígenes, esa figura con toque angelical que le hacia irresistible al público femenino. Un tipo raro que nunca hablaba de su familia, de lo que hizo en sus años jóvenes, de su vida íntima, es decir, totalmente en las antípodas de las estrellas del siglo XXI.

 

Desde bien entrada la década del 50, son notorios y constantes, multitudinarios y de carácter internacional, los homenajes que se hacen a su figura cuando llega esa noche del 24 de Junio, en la que San Juan tiene que dejar sitio a San Carlos Gardel, para quemar lo innecesario en la hoguera mientras suenan Yira, Yira y Mi Buenos Aires querido. Pocos mitos (tal vez Elvis Presley o John Lennon) de la música popular del siglo XX son capaces de conmocionar a las nuevas generaciones con la fuerza de Gardel. Y sin embargo, el cantante no hubiera sido tal sin la existencia del dialecto lunfardo y de personalidades de la talla del poeta Enrique Santos Discépolo, auténtico genio literario, junto a Alfredo Le Pera (que murió en el mismo accidente que Gardel), Enrique Cadícamo u Homero Manzi. Ellos y músicos de la talla de Aníbal Troilo, Oswaldo Pugliese o Astor Piazzola, son algunos de los que sostienen ese inmenso edificio sonoro que es el tango, ese lamento del hombre (mujer) engañado, que dio a la posteridad joyas tan opuestas como Cambalache (1934, E. Santos Discépolo), cuyos versos, prohibidos por todas las dictaduras militares, siguen definiendo de forma genial el siglo XXI, o la más desconocida Victoria, también del mismo autor, cuya letra, que me parece sorprendente, echa por tierra la leyenda de la queja:

 

¡Victoria! ¡Saraca*, Victoria!
Pianté de la noria*: ¡Se fue mi mujer!
Si me parece mentira
después de seis años volver a vivir...
Volver a ver mis amigos,
vivir con mama otra vez.
¡Victoria! ¡Cantemos victoria!
Yo estoy en la gloria: ¡Se fue mi mujer!

¡Me saltaron los tapones*,
cuando tuve esta mañana
la alegría de no verla más!
Y es que al ver que no la tengo,
corro, salto, voy y vengo,

desatentao*...

¡Gracias a Dios que me salvé de andar
toda la vida atao, llevando el bacalao*
de la Emulsión de Scott..!
Si no nace el marinero que me tira la pilota*
para hacerme resollar*....

yo ya estaba condeno a morir ensartenao,

como el último infeliz.

¡Victoria! ¡Saraca, victoria¡
Pianté de la noria: ¡Se fue mi mujer!
Me da tristeza el panete*,

chicato inocente que se la llevó...
¡Cuando desate el paquete*
y manye que se ensartó!*
¡Victoria! ¡Cantemos victoria!
Yo estoy en la gloria: ¡Se fue mi mujer!

 

         Cuando el dictador Juan Domingo Perón  fue preguntado por su secreto para gobernar dijo: “Para regir los destinos de esta nación, hay que tener la sonrisa de Carlos Gardel”, frase sobre la que ironizó el genial Borges cuando sentenció: “Perón quiere tener la sonrisa de Gardel”. 

 

De lo que no cabe duda es que en el cementerio bonaerense de la Chacarita, la tumba donde reposan los restos de Carlos Gardel es visitada diariamente por decenas de admiradores. Muchos más de los que pasean hasta la que guarda el cuerpo de Perón. Pero la tumba del tango tendrá que esperar milenios.

 

 

 

 

Nota del autor.- Los términos marcados en negrita significan respectivamente

Saraca (voz de admiración ante un hecho que no puedes creer) Pianté de la noria (me liberé de la locura)

Me saltaron los tapones (caerse los tacos de las botas de fútbol. Alegoría por “abandonar las obligaciones”)

Desatentao (alocado por la alegría de sentirse libre)

Llevando el bacalao de la Emulsión de Scott (alegóricamente alude a estar siempre pendiente, haciendo recados como llevar ese líquido, hecho a base de vitamina D, que sustituía la carencia de alimento, muy popular a finales del siglo XIX y comienzos del XX) Que me tira la pilota para hacerme resollar (blasonando acerca de que “aun no ha nacido quien me dome y me haga sudar”)

Panete (diminutivo de pana, colega, amigo)

Desate el paquete (metáfora por “cuando se dé cuenta de lo que tiene”)

Y manyé que se ensartó (comprender que se ha metido en un lío).

 

 
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ANIMALES CANOROS: FRANÇOISE HARDY

Posté à 09:52 PM le Monday, October 2, 2006 dans MUSICA

          Una voz fresca, dulce, moderna… Una chica de belleza serena, que compone sus propias canciones. Te gustará FRANÇOISE HARDY, porque al escucharla se oye también a los jóvenes que narran sus problemas amorosos. Una voz que te transporta a un mundo amable, cálido, repleto de dulzura rítmica y lozanía”. 

 

          Así de cursi, banal y aséptico era el texto que acompañaba el primer EP (Extended-Play o disco con cuatro canciones) de la protagonista de esta sección, publicado en España en el año 1962, justo en los meses en que Love me do (primer trallazo sonoro de los Beatles) se convertía en uno de los referentes obligados para los jóvenes más exigentes. Pero en aquel entonces (There but for fortune, por suerte para nosotros, que cantaba el tristemente desaparecido Phil Ochs,), no existía ninguna barrera moral, social o de índole artístico, y mucho menos a causa de las modas, por la que un melómano no pudiera disfrutar de la misma forma con las innovaciones que planteaban Los Byrds, que con la suavidad, a veces excesiva, de las canciones que brotaron desde la guitarra de una de las musas francesas más connotadas del siglo XX, al lado de Juliette Greco o Edith Piaf.

 

          Fue la década más prolífica en la historia de la industria discográfica, no sólo plasmada en una auténtica muchedumbre de intérpretes de los más variados pelajes, sino por un detalle incontestable: miles de pequeñas joyas, miles de canciones de tres minutos, que han acompañado a varias generaciones durante más de cuarenta años. Ella, con un carisma único (que Carla Bruni ha recogido en parte en los albores del siglo XXI), significó algo más que una simple trovadora parisina dispuesta a encantar a una audiencia juvenil. Era, además, el sueño de millones de adolescentes europeos, la princesa que odiaría Sabina, la que nunca salía en los cuentos de hadas, aquella que no posee palacios ni coronas, pero con un encanto irresistible, a pesar de situarse en las antípodas del prototipo encarnado por Brigitte Bardot, protagonista del film “…Y Dios creó a la mujer”. 

 

          Françoise era el símbolo del romanticismo más irracional, ese que por mucho que nos empeñemos en negar, nos ha acosado, rascado las tripas y azotado, cuando aún éramos capaces de creer en el amor para toda la vida. Casi Todos los chicos y chicas del mundo entero nos hemos sentido, en alguna ocasión, inermes ante un amor no correspondido. Por eso, y porque muy en el fondo aún nos duele, aquí les dejo un homenaje a esa aún hermosísima mujer llamada Françoise Hardy, que nos ha obsequiado a lo largo de sus ya más de 60 años de vida, con grabaciones de una exquisita factura como Soleil (Sol) que me parece uno de esas colecciones de temas para sosegar el espíritu tras haber leído la última estupidez de J.J.Millás, Javier Marías o Rosa Montero.

 

Durante los años sesenta, Françoise fue fotografiada en múltiples ocasiones al lado de las grandes estrellas del rock internacional de aquella época, incluyendo a los propios Beatles, Rolling Stones (Mick Jagger aseguraba con irónica añoranza que la Hardy era su hermana gemela) o el mismísimo Bob Dylan, quien en 1966 pidió conocer a la estrella cuando él se disponía a dar varios conciertos en el Olympia parisino. En la contraportada del album "Another Side of Bob Dylan" (una espléndida obra que contenía delicias komo “It Ain’t Me Babe” y “All I Really Want To Do"), publicado en 1964,, había escrito "Some other kinds of songs”, un poema bastante extenso dedicado a la autora de Comment te dire adieu, que me atrevo a traducir libremente, porque la poesía de Bob es bastante complicada, a menos que caiga en la experta mano del siempre admirado Mario Antolín Rato.

 

Para Françoise Hardy:

 

En la orilla del Sena, la sombra gigante de Nôtre Dame parece atrapar mis pies.  Los estudiantes de la Sorbona dan vueltas en sus frágiles bicicletas, sembrando unA vida de colores y de cuero viejo. La brisa abre la boca bostezando, como buscando alimento...Montañas de enamorados pescan, se besan, se tienden sobre sus propios libros. Hay barcos. Viejos ataviados con enormes bigotes, y montones de turistas que lucen sus rojas camisas de nylon.....

 

          Pero no fue sólo el genio de Duluth quien comprendió la formidable naturalidad de esta parisina que hoy pasea su último disco Tant de belles choses, entre los más copiados del año 2005, sino otras decenas de intérpretes de otros tantos estilos, quienes se unieron a ese homenaje que ya dura más de ¡¡ 44 años ¡¡. Y así lo hizo el veterano grupo brasileño Os Mutantes,(“Le premier bonheur du jour”) en uno de sus primeros álbumes, (LP Polydor, 1968); sus compatriotas Serge Gaingsbourg (“L'anamour”, Fontana,  1969); Jacques Dutronc, que aún tiene la suerte de ser su compañero sentimental (“Le temps de l'amour”, SP Gaumont, 1980); Etienne D’Àho (“Et si je m'en vais avant toi”, CD Virgin, 1984); o suecas como la apabullante Annie-Frid Lyngstad, antes de ser parte de Abba (“Comment te dire adieu”, (SP, 1969): los británicos Eurythmics (“Tous les garçons et les filles”, SP RCA, 1985); Jimmy Sommerville, alma mater de The Communards, junto a June Miles Kingston (“Comment te dire adieu”,  London, 1989); Kathe Sain-John (“Le premiére bonheur du tour”, All Saints Records, 1995); Jay Jay Johanson (“Rêve”,  BMG, 1998); los exquisitos Saint-Etienne (“Find me a boy” - L'Appareil-photo. 1999), e incluso el malogrado Carlos Berlanga (“A Vannes”, Elefant, 2001).

 

          Todos ellos y más, cantaron a la autora de Soleil, uno de sus más brillantes discos, poseedor de  una rarísima cualidad. Se trata de una producción que no tiene desperdicio alguno, porque desde el primero de los temas, hasta el último, tienen el inconfundible aroma de lo bien hecho, de lo que deja huella por su belleza espontánea. Desde ese C'etait charmant, pasando por el tantas veces mentado Comment te dire adieu; el encanto singular que desprende Des ronds dans l'eau; el drástico, pero genial y amargo poema de Georges Brassens Il n'y a pas d'amour heureux, los caramelos titulados J'ai coupe le telephone, Je fais des puzzles, Ma jeunesse fout le camp, Mon amour, adieu, Oú va la chance; la adaptación del Romance anónimo (del olvidado y genial film “Juegos Prohibidos”) que ella dedicó a la ciudad de San Salvador, el paseo veraniego que da título al álbum, Soleil, y la guinda que corona el pastel: otra adaptación, esta vez la del eterno Suzanne, de Leonard Cohen.

 

          No me extraña nada, y me reconforta, que personajes tan importantes como Malcolm McLaren afirmaran: "Era la pin-up definitiva, Todos los músicos que comenzaban a ser famosos en esa época, se llamaran Brian Jones, Mick Jagger, Paul McCartney, John Lennon,o Bob Dylan, buscaban desesperadamente que, de cualquier forma, Françoise Hardy se convirtiera en su novia, en su amor eterno”.  Lo comprendo perfectamente.

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ANIMALES CANOROS: BOB MARLEY

Posté à 09:45 PM le Monday, October 2, 2006

 

Ibiza es una diminuta isla que ha quedado para la historia como uno de los territorios más permisivos y tolerantes de la Europa mediterránea, desde que se comenzara a escuchar la palabra hippie. Desde mediados de la década del 60, hasta hoy, todo aquello relacionado con cierta libertad en la práctica del sexo, el consumo de alguna droga y el volumen de la música, dentro y fuera de las discotecas, han diferenciado a la antigua Eivissa fenicia y romana, del resto de sus hermanas griegas, italianas o árabes.

 

A lo largo de sus escasos 40 kilómetros de largo y 20 de ancho se encuentran cientos de playas, calas y cuevas marinas donde disfrutar de las aguas cálidas del Mare Nostrum, pegarte un baño de dioses esperando la llegada de una sirena despistada o una ninfa caprichosa, o residir en cualquiera de esos pequeños e inimitables pueblos, formados con acogedoras casas blancas, donde refugiarte de la multitud tras un concierto memorable y de los periodistas de medio mundo que intentan lograr la consabida exclusiva.

 

Y como Bob Marley sabía que sus inmensos porros de marihuana no iban a contaminar la atmósfera de la ya de por sí aromatizada isla, nos permitió, a Ángel Casas y a mí, con las cámaras del Popgrama (TVE-2), penetrar hasta los aledaños de la mansión que se le había alquilado para reposar tras el concierto dado en la Plaza de Toros ibicenca, en una pacífica tarde de 1980. La verdad es que el amigo Marley no nos recibió con sonrisas o al menos un par de cervezas, sino con un gesto de “Espérense ahí donde están” (en la entrada del jardín), mientras disfrutaba de un inmenso joint en forma de paraguas y dos grouppies (bellísimas colipoterras a sueldo del promotor del show), que se supone habían hecho disfrutar a Bob tras la opípara cena que se les sirvió en el restaurante Las Dalias.

 

Ni en la comilona, ni durante el concierto, ni en el recorrido, ni en el aeropuerto, la Policía Nacional o la Guardia Civil quiso intervenir el más de kilo y medio de marihuana de la buena que se trajeron los Wailers, sus mujeres y demás personal del staff, sólo para 48 horas. ¡Hay que ver cómo se colocaban los condenados¡… Y nosotros, ni una puta cerveza. Tras varios intentos y miraditas de mi parte a las guapísimas y esculturales mozas, para que influyeran en Marley y nos permitiera realizar la entrevista soñada, una de ellas, la más rubia y tetuda, de ojos azules y pícaros, me sonrió benévola y nos llamó mientras abrazaba a Marley, para que fuéramos ubicando las cámaras y los micrófonos.

 

Tal vez fue el ganja, tal vez el nerviosismo de hallarnos ante una estrella del calibre de Bob, quizás el inglés con sabor a patois del autor de No Woman, no Cry, o el nuestro de andar por casa, el caso es que no nos entendimos en absoluto y aquello se convirtió en un diálogo de besugos, entre una pantomima a lo Tip y Coll o un monólogo de Pedro Reyes. Como cuando le pregunté al discípulo de Salomón por un incidente que, al parecer, le había costado un disparo en uno de sus brazos, a lo que me contestó que eso jamás sucedió. Una hora más tarde, cuando ya las cámaras habían acabado de rodar, me mostraba una cicatriz en su brazo izquierdo y decía: “Mira, fíjate qué balazo me metieron hace unos años durante una refriega en Kingston”. Se nota que la marihuana coloca y desubica al mismo tiempo, dependiendo del humor, de las ganas y de la atención que hayas prestado a los reporteros. Jamás en mi vida profesional (en la sexual, muchas más veces, claro) me he sentido tan avergonzado por haber desperdiciado una ocasión única e irrepetible. Mis compañeros me consolaban diciendo que en esas circunstancias, a cualquiera le hubiera sucedido lo mismo. Marley estaba paseando por el Paraíso, pero Angel Casas y yo, intentábamos hacer periodismo musical. Muy jodido el asunto, brothers. El caso es que, un año más tarde, Bob moría víctima del cáncer de pulmón que se le había detectado en 1977, del que no hizo ni pajolero caso, desafiando a las células malignas con sus inocentes creencias, su Biblia, su Haile Selassie, sus porros y su reggae.

 

Hoy, aquellos pocos minutos que inmortalizamos en Ibiza, se encuentran en algún lugar de la videoteca de Prado del Rey, en una de las sedes de TVE, y yo no tengo ni una puñetera copia. Manda huevos, que diría Trillo. Hace unas semanas, el 11 de Mayo de 2006, se cumplieron los 25 años de la muerte de genial creador jamaicano, así que no me he podido resistir a la hora de homenajear a este auténtico representante de la más genuina música popular jamaicana.

 

El primer álbum en solitario de Bob Marley, titulado Natty Dread, probó de forma definitiva que el jamaicano era todo un artista, amén de un eficaz promotor de la causa rasta. Es a partir de su lanzamiento universal cuando comienza a conocerse mejor a la sociedad de aquella isla caribeña,  en la que conviven desde hace decenas de años una curiosa mezcla de aromas galos y economía socialista made in Great Britain,  adobada con el frenesí que despertaba la siniestra figura de uno de los personajes más crueles, estúpidos y banales que sólo pueden darse en una nación entregada a la incultura militante: el llamado León de Judá, Emperador de Etiopía, Haile Selassie, felizmente desaparecido.

El nombre de Marley había comenzado a ser paseado por las productoras discográficas londinenses, desde que el inmenso guitarrista Eric Clapton adaptara aquella delicia titulada I Shot The Sheriff, atrayendo hacia Kingston a un buen número de avispados productores ávidos por descubrir otra gallina que pusiera huevos de oro, sin tener que abonar una gran cantidad de libras esterlinas. Al lado de Bob se encontraba Al Anderson, un joven guitarrista estadounidense experimentado en blues, quien se encargaba se emsamblar  y diseñar a toda la banda, incluyendo un trío vocal femenino (The I -Three’s) formado por "Judy" Mowatt, Marcia Griffith y Rita Marley, esposa del líder. En la portada del disco aún se mencionaba a los Wailers, aunque su formación había variado considerablemente.

Ese álbum, Natty Dread, fue producido por Chris Blackwell (propietario de la compañía Island Records), grabado en la capital de Jamaica en los estudios Harry J., pero mezclado finalmente en el Basing Street, en Londres, en 1974. Natty Dread se convirtió de inmediato en un enorme éxito comercial y mediático, gracias en primer término a la pureza del nuevo ritmo. el  reggae, hermano del calypso, y de piezas tan atractivas como No Woman No Cry, que llegó a ser un auténtico himno entre los emigrantes de origen caribeño y africano que residian en la ciudad del Támesis. A partir de entonces, ni el rock duro, ni el sinfónico, ni siquiera las producciones en solitario de los miembros de los Beatles, o los latigazos de los Stones, podrían liberarse de la presencia de Marley. La cadencia sensual del reggae había derribado a los ídolos de siempre. introduciendo un nuevo elemento rítmico que aún resuena en el siglo XXI, no sólo en su forma más pura, sino también a través de inventos bastardos, pero enormemente eficaces, como el denostado reggaeton. Puede que muchos jóvenes ignoren aún quién era Bob Marley, porque los medios de incomunicación de masas son irrebasables y determinan lo que es antiguo o no, pero el poder de atracción y la fuerza persuasiva de Lively up yourself, No Woman no Cry, Them Belly Full (but we hungry), Rebel Music, So Jah say, Natty Dread, Bend Down Low, Talkin’ Blues  y Revolution, es incontestable.  A esta lista habría que añadir una canción más Am A Do, que se publicó como bonus track en el CD editado en 1991.

Las letras de Marley eran simples, pero apasionadas, intentaban comunicar ideas de compromiso, convicción y lucha incruenta, dotadas de un cierto misticismo, lógico en quienes creen conocer la potencia de los dioses y seres supremos. Sólo hay que detenerse en el texto de Them Belly Full, Talkin’ Blues y Revolution, para comprender el mensaje que demandaba un urgente cambio social, que aún sigue precisando Jamaica.  Fue una persona primitiva, un hombre curioso, sencillo, simple, directo y arriesgado, que supo huir de EEUU cuando se le trató de enviar a la guerra de Vietnam (había emigrado a las tierras del Tio Sam buscando fortuna), y ni siquiera el recuerdo de su padre, capitán del Ejército británico le ató a la yunta de la obediencia estúpida y ciega de las fuerzas armadas.

Un insumiso con un par de huevos, una guitarra eficacísima, un sentido del ritmo que ni Camarón, y un amor incontrolado por una María especial: esa que crece inocente y feliz en huertas, terrazas, campos y montes del primero, segundo y tercer mundo.

 
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ANIMALES CANOROS: LENA HORNE

Posté à 01:19 PM le Monday, October 2, 2006

Probablemente, alguno de los habituales internautas haya escuchado hablar, siquiera alguna vez, de una singular intérprete norteamericana, nacida en los USA, llamada Lena Horne. Vayan pues estas líneas, no sólo para informar a aquellos que conocían o no de su existencia, sino para despejar las posibles dudas que hubiera sobre la inmensa calidad de esta cantante (y actriz de cine en ocasiones), cuyo primer trabajo fue el de entretener a los borrachines asiduos de un típico night club, interpretando todo tipo de canciones imaginables en el extenso campo del swing, el jazz y el blues, las habituales para una voz como la suya, una muchacha de raza negra, aunque en muchas ocasiones pasara por mulata. Una joven inmersa en la profesión de vocalista de turno durante la década de los difíciles años treinta, que llegó a ser una de las favoritas del público… hasta que se declaró luchadora por los derechos de los suyos, militando en grupos de la izquierda, cuando la caza y captura de brujas era pan de cada día, no sólo en el Hollywood de Humphrey Bogart y Burl Yves (comprometidos como ella), sino en el de Frank Sinatra y Louis Armstrong (todo lo contrario).

 

Desde aquella época, hasta bien entrados los años ochenta, Lena Horne mantuvo una carrera más que digna y plausible, eso sí, a trancas y barrancas, sometida a todo tipo de prohibiciones, Entre 1938 y 1978 apareció en la gran pantalla en dieciséis producciones, siendo galardonada con algunos Grammys y un Premio Especial a toda su vida (Lifetime Achievement Award) en 1989, amén de resistir un año entero en Broadway con su espectáculo The Lady and Her Music, y ser invitada a puntuales espacios de radio televisión, en los que los productores y conductores no practicaban la censura artística, que eran más bien contados con los dedos de la mano. A comienzos de los años treinta, Lena ingresaba como corista en el archiconocido Cotton Club, donde los negros podían cantar pero no ser clientes. Faltaría más.

 

Desde entonces, la adorable Miss Horne, que a veces pudo pasar por latinoamericana dada a la suavidad de los rasgos en su rostro, radicalizó su lucha por los derechos civiles, mucho antes de que Martin Luther King Jr. hiciera acto de presencia en la vida social y política. Gracias a su esfuerzo, ‘algunos cabarets y bares del país flexibilizaron sus exigencias  racistas, permitiendo el acceso de personas de la comunidad negra e hispana. Su sentido de la justicia le trajo todo tipo de problemas profesionales, pero al que no renunció, por muy arduo que le resultara conseguir subirse a un escenario, grabar un disco o aparecer en los programas más populares de la televisión.

 

Helena Mary Calhoun Horne nació el 30 de Junio de 1917, en la ciudad de New York, en el barrio de Brooklyn, hija de un matrimonio mixto entre una madre de origen africano y un padre de sangre caucásica, aunque perteneciente a una familia de la clase media, y educado en un colegio en el que el nivel intelectual de los profesores era alto. En ese ambiente, Lena escuchaba hablar a sus abuelos de la Asociación para el Desarrollo de la Gente de Color (NAACP), fundada en 1909, que la futura cantante reorganizó años más tarde, animando a los jóvenes para que se inscribieran. Muy niña, tras la separación de sus padres, se traslada a Seattle, luego a Pittsburgh, hasta que en 1929 decide irse a vivir a la casa de sus abuelos en su Brooklyn natal, donde permaneció hasta 1932.

 

Esa época de la Gran Depresión no fue obstáculo para una luchadora como Lena, que a los 15 años lograba entrar en el Cotton Club, por la puerta de atrás, para formar parte del coro. Pronto atrajo la atención de los cazatalentos, sustituyendo a la solista en la obra “As Long As I Live”, hasta que tras varias giras junto a Claude Hopkins y su Orquesta, en 1936, debuta ya como figura de primer orden en el escenario que tantas veces pisó como corista al lado del músico Nobble Sissle, con quien logra también grabar su primer disco "That's What Love Did to Me" y "I Take to You", para la compañía Decca. Se casa, tiene su primera hija, le llueven los contratos teatrales, cinematográficos y musicales, y en fin, vive sus años más felices desde el punto de vista profesional y sentimental. Mas los tiempos de dicha son a veces prólogo de otros mucho más amargos, y en 1944, a pesar de sus discos con la RCA, proyectos de todo tipo, contratos en el Greenwich Village y jugosas ofertas profesionales, su matrimonio se va a pique, en plena II Guerra Mundial. Lena encuentra tiempo y dólares para ayudar económicamente a las organizaciones de defensa de los derechos civiles, gracias a su éxito como intérprete al lado de personalidades como Artie Shaw, Teddy Wilson o W.C. Handy.

 

El éxito que obtuvo con su memorable versión de los clásicos “Stormy Weather” y “The Man I Love”, la catapultaron a la productora Metro Goldwyn Mayer, con la que hizo catorce filmes. Hollywood se rendía ante la belleza y la voz de Lena, que sigue en primera fila con éxitos como “Paper Doll”, “Love” o “As Long As I Live”, actuando en los frentes donde combatían las tropas norteamericanas, pero eligiendo los lugares en los que hubiera más soldados negros e hispanos. En 1947, cuando la guerra ya había tocado a su fin, hace el papel más importante de su vida en el film musical “Show Boat”, encarnado a Julie La Verne, una muchacha de color que se hace pasar por blanca. El éxito de dos de las canciones de la película, “Can’t Help Lovin’ That Man” y “Bill”, confirman su calidad definitivamente.

 

A partir de entonces viaja con a Paris, Londres, Roma, se enamora de un músico blanco, pero no pueden casarse en California, donde los matrimonios mixtos estaban prohibidos. Lo hacen en París, en secreto, mientras prepara otras dos delicias: “Where or When” y “The Lady Is a Tramp”, pero meses después la prensa yanqui revela su enlace y entra a formar parte de las Black Lists (un sarcasmo bastante torpe), en las que figuraban centenares de ciudadanos, sospechosos de actividades antinorteamericanas.  

 

A partir de entonces, su nombre fue tachado de todos los proyectos importantes, su voz silenciada en la TV y la Radio, haciendo que Lena se refugiase en Europa, donde se ve precisada a reiniciar su carrera, aunque regresaba muy de tarde en tarde a EEUU, para atender a los poquísimos proyectos que sus amigos conseguían para ella. En 1957 se publica, casi de forma clandestina, su LP “Lena Horne at The Waldford Astoria”, registrado en vivo, que se convierte en el disco más vendido por una mujer, hasta aquel año, en el sello RCA. La presión del público logra que Lena siga editando más álbumes de éxito y calidad indiscutibles: “Stormy Weather”, “Give The Lady What She Wants”, y “Porgy and Bess”, este último junto a Harry Belafonte,

 

A comienzos de los sesenta se le otorga el Grammy a la Mejor Solista Femenina, galardón que volvería a obtener en el 62, año en que se ve abandonada por la RCA (presiones externas, naturalmente), firmando con el sello Charter Records. Su compromiso no decae, apareciendo en mítines y manifestaciones diversas junto a los líderes de los derechos civiles Medgar Evers o el ya nombrado Martin Luther King Jr., ambos asesinados con pocos años de diferencia. Lena Comienza a colaborar en la prensa alternativa con artículos como "I Just Want to Be Myself ", un estremecedor relato que animó a decenas de periodistas honrados a plantar cara al sistema, e imbricarse en la lucha política por la defensa de las comunidades negras e hispanas.

 

Es en esa época en la que el genial cineasta cubano Santiago Álvarez edita su documental “LBJ”, utilizando la memorable versión del tema judío “Hava Naguila”, que había grabado Lena meses antes. Sin otro guión que un maravilloso montaje fotográfico y la música elegida, el maestro Álvarez demuestra con impresionantes fotogramas que los hermanos Bob y John Kennedy, y Martin Luther King Jr., fueron asesinados por orden de la CIA, con la complicidad del vicepresidente (y luego primer mandatario, tras el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy) Lyndon Barry Johnson. Unos cuantos años más tarde, el hoy consagrado realizador Oliver Stone, que había elogiado sin reservas el cortometraje de Álvarez, visitó en la Habana al cineasta cubano, anunciándole el inicio del rodaje del filme “JFK”, en la que el autor de películas como “Comandante” asume plenamente las tesis que se desprendían del corto “LBJ”.

 

          Durante la invasión en Vietnam, Lena se unió a los movimientos pacifistas, grabando temas de Bob Dylan, Joan Baez y Cisco Houston, resistiendo el embate formidable de las hordas de la llamada British Invasion (Beatles, Rolling, Animals, Kinks), gracias a su calidad indiscutible, similar a la de la inolvidable Nina Simone. Es así como ficha para la United Artists, registrando una serie de álbumes (“Lena in Hollywood”, “Lena Soul”,  Merry from Lena”), en los que recoge canciones que aún hoy resultan sorprendentes. Las simpatías que despierta entre las jóvenes generaciones, obliga a que algunos empresarios le ofrezcan nuevos contratos (primero dinero, luego ideología), y así aparece en la película “Death of a Gunfighter”, en la que además interpreta el tema central de la banda sonora; actúa en Las Vegas con Harry Belafonte, graba con el guitarrista Gabor Szabo (“Lena y Gabor”), declarando en cierta ocasión que ella no se consideraba una cantante de jazz, sino de “temas de espíritu eterno”, lo que ratifica en 1971 editando un LP inolvidable, “Nature’s Baby”, que contiene versiones magníficas de éxitos de Leon Russell, Elton John y Paul Mac Cartney. 

 

Todo ello coincide con un período dolorosísimo en el que Lena sufre, con meses de intervalo, las muertes de su padre y su marido, Lennie Layton, lo que le sume en una gran depresión, de la que no se libera hasta que su colega Tony Bennett le ofrece hacer una gira europea para cantar a dúo, espectáculo incomparable que dura hasta 1976, año en el que la Horne graba un disco junto al pianista francés Michel Legrand, a lo que siguen diversas actuaciones junto al genial Count Basie y su Orquesta, recibiendo además la alegría de ver cómo su hija Gail se une en matrimonio con el reputado director de cine Sydney Lumet, que entonces preparaba la versión “negra” de “El Mago de OZ”, aunque en versión teatral. Pero Lena está ya agotada y a comienzos de 1980 anuncia su retirada definitiva, cuando sólo tiene 63 años. Mas, repentinamente, tras recibir una oferta para estrenar en Holanda el musical autobiográfico “The Lady And Her Music”, regresa al escenario hasta finales del 81, obteniendo un éxito indiscutible en su retorno europeo, que le vale otro Grammy por la mejor actuación en un show musical.

 

El triunfo borra las decisiones precipitadas. Lena realiza una extensa gira por Gran Bretaña y recibe un galardón inesperado: el premio a toda una vida, otorgado por el Kennedy Memorial Center, que igualmente reconoce así la inmensa labor de la cantante en favor de los derechos de las comunidades más discriminadas. En 1987 registra su primer CD “The Men In My Life”, con temas inscritos en el más puro estilo jazzístico. Nuevo Grammy en 1989 y nuevo anuncio de retirada definitiva de los escenarios, que rompe, sólo por una vez, al actuar en un homenaje (JVC Jazz Festival en New York) a su amigo Billy Strayhorn, que formó parte del clan de Duke Ellington. Ese concierto fue posteriormente inmortalizado en el CD “We’ll Be Together Again”, con el que vuelve a obtener el Grammy a la Mejor Vocalista de Jazz. Y eso que ella no se consideraba como tal… Un año más tarde graba un nuevo CD “Being Myself” para el sello Blue Note, que se sitúa entre los discos más vendidos del año.

 

Y aún sigue colaborando en proyectos, aunque no propios o exclusivos. A sus casi 90 años, con más de sesenta de actividad profesional, Lena Horne jamás fue promocionada en España, con las solas excepciones de mis colegas y amigos Paco Montes y Juan Claudio Cifuentes, cuya honradez profesional y buen gusto no se detuvieron jamás ante las descalificaciones políticas.

 

Es hora de que los melómanos se revuelvan contra la injusticia que significa el casi anonimato de esta formidable intérprete. Gozad de las versiones de Lena. Esta antología, copiada, original, con portada o sin ella, comprada en la tienda o bajada de la red, podrá haceros disfrutar de una de las voces más exquisitas que hayáis escuchado nunca. Palabra de honor.

 
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ANIMALES CANOROS: GEORGES BRASSENS

Posté à 01:10 PM le Monday, October 2, 2006

"Mi naturaleza es reacia a todo tipo de exhibiciones; sufro de una modestia casi enfermiza. No puedo enseñar los órganos procreadores a nadie, exceptuando a mis mujeres y mis doctores"   (“Les Trompettes de la Renommée”)

 

Georges Brassens (1921-1981) es tan popular en Francia como los Beatles en Inglaterra. La gente va silbando o cantando sus canciones por la calle, temas que pasan de una a otra generación. Palabras agridulces que le valieron el Gran Premio de Poesía de la Academia francesa; versos irreverentes, originales, armoniosos, bellísimos, duros como la piedra, pero que llegaron a ser tan populares como las canciones infantiles; poemas a los que pondría música con el paso del tiempo.

 

Se le conocía familiarmente como el Buen Señor (Le Bon Maître) o Georges el Simplón (Tonton Georges).  Jamás estuvo interesado por dar un concierto fuera de su país hasta que, en 1973, por invitación de su amigo, el británico Colin Evans, fue hasta el País de Gales para dar un único y memorable recital en el Teatro Sherman de Cardiff. La BBC filmó el acto. TVE no hubiera hecho nada al respecto de haber tenido la oportunidad, ni siquiera con ocasión de la muerte del genial autor, al que dificultosamente pude dedicar un programa en la 2, a los pocos meses de su desaparición. Y me llovieron las críticas por ello. ¿Quién era ese Brassens, para ocupar cincuenta minutos en la Segunda Cadena?. La Televisión Española y de las JONS siempre tuvo de pública lo que Aznar de demócrata. Hoy, RTVE es ya un organismo engullido por empresarios de variado plumaje, mientras va desapareciendo cualquier vestigio de servicio al ciudadano, excepto si pensamos en las necesidades fisiológicas. Sin embargo, el poeta galo aún es un referente en la canción popular francesa de todos los tiempos.

 

Quienes tuvieron la fortuna de conocer el Paris de los años sesenta y setenta, sabemos que en el teatro Bobino, en el barrio de Montparnasse, todas las tardes, durante los tres meses de invierno, solía anunciarse la visita de Georges. Era una sala con capacidad para casi mil quinientas personas que se llenaba sin problema, aunque en la calle había tortas por adquirir una entrada y las colas fueran de órdago. Cuando Brassens aparecía en aquel escenario, decorado sobriamente con una silla de madera y tres micrófonos (voz, guitarra y, en ocasiones, contrabajo y/o violonchelo), el silencio se interrumpía con una cariñosa ovación, breve pero de una intensidad emocionante. Un solo cañón de luz iluminaba al cantante que, con un pie sobre la silla, iniciaba el concierto con un primer tema que nunca era el mismo en cada actuación.

 

A partir de ese instante, el local era todo interés, cariño, mimo y respeto hacia un personaje único, que lograba con una voz profunda y suave, con perfecta dicción, llevarnos a un paraíso de novelas cortas en las que conocíamos a Jeanne, a cuatro bachilleres, al juez que fue violado por un gorila, a los enamorados que se besaban en los bancos del parque, para confesarnos (vía Louis Aragon) que no hay amores dichosos o elevar una súplica para ser enterrado en la playa de Sête, tener el honor de hacer una No Petición de Matrimonio y mostrar una alegría desbordante al saber que “tengo una cita con usted”.

 

Georges Brassens es el mejor de los poetas-cantantes que han existido, el más preclaro de los cantantes que han creado poemas propios para ser cantados. Un caso insólito, perteneciente a esa órbita en la que giraban Jacques Brel o Leo Ferré, Jean Ferrat y Charles Trenet, pero que, al contrario del primero de los nombrados, jamás fue promocionado en España, territorio comanche en el que todavía sigue vigente aquello que le preguntaba un sargento del ejército franquista al joven soldado y futuro escritor Juan Benet, cuando este hacía el servicio militar:

 

- Cuando ves a un francés ¿no te entra mucha rabia?... Pues eso es ser patriota – decía la mala bestia vestida de uniforme.

 

Es una verdadera pena el “desafrancesamiento” paulatino, pero constante, que la intelectualidad españolista fue sembrando desde que Felipe González (que venía de ser coronado como Secretario General del PSOE en una ciudad francesa, como es Suresnes) decidiera caminar por la senda de los Estados Unidos de Norteamérica, traicionando la hospitalidad y la cultura gala, porque así se lo aconsejaron ilustres demócratas como Javier Solana, experto en armas químicas, daños colaterales (o sea genocidios) y mentiras piramidales. Y es que el sevillano intuyó que, algún día, podría ser de mayor utilidad para sus fines de idiotización colectiva, una canción como “Rasputin” que algo tan intelectual y complicado como “La Mauvaise Reputation”. Espero que en Portugal no se haya desarrollado una actitud similar hacia los españoles, pero lo mereceríamos.

 

Las canciones de Brassens eran (son) verdaderos ejercicios poéticos de ingenio, ternura y dominio de la lengua vernácula, resultado de muchos años de trabajo arduo, al que había que añadir, ulteriormente, el problema de la música. De la métrica y el ritmo. Pero a Georges le protegía su inmensa cultura, su conocimiento adquirido en la lectura y disfrute de Villon, Valery, Rimbaud, Baudelaire o el ya citado Aragon. Todo ello y la utilización habitual de modismos y frases de extracción popular, que contrastaban con el academicismo de algunos textos, hicieron de él un verdadero creador, inimitable, independiente y siempre cáustico.

 

De Brassens emana una valiente integridad, tan extraña hoy a los intelectuales “de pensamiento blando” (Marías, Montero, Albiac, Bueno, Cebrián, Pradera) como el compromiso con la verdadera democracia. De su obra brotan conceptos que se hacen casi tangibles, como el amor, la amistad, la vejez, la muerte, la traición, la esperanza, el honor, el valor, que se esparcen en medio de un paisaje donde florece el sentido del humor, el sarcasmo o la ironía, sin un ápice de tolerancia para la sensiblería o la hiperdramatización de los sentimientos, que habitan en personajes de ficción, pero tan bien dibujados que parecen reales. Poesía verdadera. Verdadera poesía.


Hace 25 años que murió, discreta y dolorosamente, el poeta cantor. Tenía sesenta. He lamentado que mis bodas de plata con su muerte no puedan tener como escenario la mediterránea playa de Sête, donde se halla enterrado. Y desde La Habana, mientras en mi casa suenan sus canciones,  recuerdo las palabras que le dedicara  Gabriel García Márquez:

 

Hace algunos años, en el transcurso de una discusión literaria, alguien me preguntó quien era, en mi opinión, el mejor poeta contemporáneo de Francia. Sin dudarlo un segundo, respondí: Georges Brassens.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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ANIMALES CANOROS: LOS MÁS INSOPORTABLES

Posté à 01:37 AM le Monday, October 2, 2006

En una encuesta publicada hacia final del siglo XX en las páginas de la hoy desaparecida revista satírica Cruel Music, los lectores eligieron una serie de canciones de éxito indiscutible, sobre la base del cansancio que despertaba la simple escucha de una de ellas. Se trataba de un juego inocente, por medio del cual se intentó llamar la atención de directivos y conductores de espacios musicales en los medios de comunicación radial, sobre un hecho bastante penoso: la constante y repetitiva programación de los mismos temas, los mismos cantantes, a las mismas horas, lo que provoca una monodia más que insoportable para el sufrido consumidor, que se pasaba el día moviendo inútilmente el dial de cualquier sintonizador, en busca de un oasis armónico.

 

Marginalmente al resultado, discutible pero comprensible, en el que las obras no son directamente culpables, es muy cierto que el abuso de las llamadas melodías millonarias en ventas sólo produce el efecto contrario. He aquí diez de los temas condenados por la audiencia, con la que me identifico al noventa por ciento, sin que el orden signifique una determinada prelación.  He de señalar, además, que las diez pertenecen al mundo de habla anglosajona, pero pueden ser sustituidas por esas mismas en las que está pensando el lector, pero cantadas en español. Querido visitante, a veces es muy sano tomarse a broma eso de la música pop. Tomen nota y disientan, que siempre es útil.

 

CÉLINE DION
“My Heart Will Go On”

 

Una de las golosinas musicales más mediocres que se han escrito nunca, en una espléndida voz que carece de todos los matices dramáticos necesarios para bordar una interpretación. Aunque lleva más de doce millones de ejemplares vendidos, hay quien esperaba que el Titanic se hubiera hundido con ella a bordo.

 

THE BEATLES

“Ob-La-Di, Ob-La-Da”

 

Condenada al infierno con un comentario que no me resisto a obviar, porque demuestra el sarcasmo y bestial ironía del autor: “Se trata de una de esas obras estúpidas de los Beatles, que de haber sido publicada a mitad de los años cuarenta, bien pudiera haber servido para elevar el ánimo de los británicos mientras las bombas de la Lutwaffe caían sobre Londres. De haber sido así, seguro que los alemanes las hubieran arrojado para destruir el aparato donde sonaba”.

 

 

RICKY MARTIN
“She Bangs”

 

La vida prueba que es mucho más loca de lo que cantaba el insoportable Ricky, antes de meterse a probar fortuna en el mercado anglosajón. ¿No es Bang Bang la onomatopeya de dos  disparos? Joder, qué pena no tener a mano un Colt 45...

 

 R.E.M.
“Shiny Happy People”

 

No sé en qué estarían pensando los miembros del formidable grupo, cuando se metieron a componer esa bazofia. Toda la inteligencia, el nivel poético de REM se desvaneció como por ensalmo con la edición de esta basura incomprensible. Escuchada muchas veces puede provocar histeria.

 

 

AQUA
“Barbie Girl”



Una pedorreta escandinava confeccionada en base a una receta casi infalible. Se contrata a unas cuantas Lolitas,  disfrazadas con falditas a cuadros, coletas y pintalabios de un rojo, cantando cosas como “Bésame aquí, tócame allá”, con aire de robots dedicados a la pornografía barata. Resultado: los niños menores de 13 años que hayan sido sometidos a su ingestión auditiva, pueden terminar en el correccional.

 

EUROPE
“The Final Countdown”

 

Uno de los himnos más celebrados por las huestes del heavy rock, y una de las más insoportables baladas que jamás salieron del viejo continente, arreglada a la manera de un Wagner empapado en licor de patata, que produce una reacción similar a la que sufría Woody Allen cuando escuchaba ópera alemana.

 

 

THE DOORS

“The End”

 

La más pretenciosa de todas las canciones de rock de todos los tiempos, si exceptuamos alguna otra joya seudo intelectual de la Velvet Underground. Es el típico caso de rock nihilista adornado con gotas de algo parecido al free jazz, con versos que pretenden imitar los vómitos de Baudelaire, entregada bajo un ambiente obsesivo que lleva al oyente a un inevitable estado catatónico, del que sólo se sale oyendo diez minutos a Paquita la del Barrio.

 

QUEEN
“We Will Rock You”

 

Siempre me pareció uno de los grupos más deleznables del siglo XX, cuyos álbumes eran de una ampulosidad rayana en el ridículo, con pretensiones operísticas, consecuencia del complejo de soprano que padecía su líder, Freddie Mercury, cuyos gritos de histerismo rockero no tenían nada del espíritu que animó a la Reina del Rock And Roll: Little Richard. Y no hablemos del ropaje, superado únicamente por Elton John.

 

 

PAUL McCARTNEY Y STEVIE WONDER

“Ebony and Ivory”

 

La típica cancioncilla de aire infantil, en la que se intenta convencer a la audiencia de que el ébano (o sea, la raza negra, y el marfil, es decir, la blanca), pueden vivir hermanadas sin violencia ni complejos. Cuando ambos disfrutan de una misma posición económica, puede que sí, pero los dos autores y cantantes saben que los miembros de la raza de Angela Davis son victimas constantes de la brutalidad policial del marfil, sea en Washington, sea en Londres. Menos dulces y más denuncia, pareja. Una canción que suelen cantar sin problemas hasta los miembros del Ku-Klux-Klan.

 

 

BOBBY McFERRIN

“Don’t Worry Be Happy”

 

Cuando Bobby se bajó del escenario durante su única actuación en el Festival de Jazz de Vitoria, hace ya casi veinte años, sentí unos tremendos deseos de llevárselo in person al delincuente José Barrionuevo, o a su socio Felipe González, para que les diera un ataque de caspa. Se trata de uno de los momentos más ridículamente sublimes de este artista de circo, que descubrió sus cualidades vocales en una tarde en las que eruptó en do, re, mi, fa, sol, la y si.

 

Estas fueron las diez canciones más repelentes, según los lectores de aquella satánica publicación, tan cercana a Kalvellido como a la nueva Kodorniz. Animo a todos a que me envíen sus Diez Insoportables al objeto de poder confeccionar una lista similar.

Para animarles a ello, me mojo y me manifiesto sobre otras tantas, pero cantadas en cualquiera de los idiomas oficiales del estado español, e incluso algún tema instrumental. Ahí va eso.

 

1.- La La La (Serrat)

2.- Pisa el acelerador (Sabina)

3.- Lágrimas negras (El Cigala)

4.- Un rayo de sol (Los Diablos)

5.- Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, en adaptación del grupo Los Canarios, dirigida por Teddy Bautista

6.- ¿Y cómo es él? (José Luis Perales)

7.- El Porompompero (Manolo Escobar)

8.- Macarena (Los Del Río)

9.- Cualquiera de los Hombres G

10.- Todos los tangos cantados por Plácido Domingo

 

                Lo que firmo en La Habana, a finales del año 2006, muchoa años después del aniversario del asalto a la Bastilla, en 1789, preludio de la Revolución francesa, y algunos meses después de cumplirse los 70 años en que el asesino Francisco Franco, tutor y padrino del ciudadano Juan Carlos de Borbón y Borbón, se alzó en armas contra el legítimo Gobierno de la República en 1936, convirtiendo a España en un inmenso cementerio, un vastísimo campo de concentración donde la tortura era el común denominador.

 

Fue la etapa más negra de nuestra historia reciente, si descontamos los catorce años bajo mandato de Felipe González y los ocho bajo el mandato del genocida y terrorista José María Aznar, cuyas políticas sintonizaron de forma perfecta con aquel mensaje final del dictador “Lo dejo todo atado, y bien atado”.

 

Y Zapatero, empecinado en seguir la tradición.

 

 

 
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ANIMALES CANOROS_ RAY CHARLES

Posté à 01:30 AM le Monday, October 2, 2006

Toda su vida fue negro, casi toda ella ciego, y pobre durante un tercio de ella. Hablo de un genial intérprete llamado Ray Charles, nacido el 23 de septiembre de 1930 en Albany, Georgia, (EEUU), una pequeña ciudad en la que aun sobreviven parte de los indios creek, que durante tantos siglos habitaron aquel estado hasta la llegada del hombre blanco… y negro. Uno daba órdenes y el otro, obedeciendo, cantaba para mitigar sus cuitas. Y los indios, rezando a Manitú.

 

          En los años en los que el pequeño Ray enfermaba de glaucoma, su pueblo tenía unos 50.000 habitantes, de los que más del 65 por ciento eran pobres como ratas y además de color ceniciento. Aunque si hacemos caso a las palabras del genio: “Ser ciego es terrible, pero siempre encontramos alguien que lo pasa peor: imaginate que yo hubiera sido negro”. Sentido del humor no le faltaba al mágico cantante y pianista.

 

          Poco antes de iniciarse el rodaje de la que fuera su película biográfica “Ray”, el  actor protagonista, Jamie Foxx, estuvo junto a Charles en varias ocasiones ensayando al piano, como también  hicieron otros candidatos al codiciado papel, hasta que, tras muchas horas y pruebas, el divino intérprete de “What’d I Say”, sonriendo como solo él sabia hacerlo, abriendo la boca y echando la cabeza hacia atrás, soltó un “¡Bravo ¡” y continuó:  Este tipo – (por Foxx) - va a ser mi propio yo. ¿Alguien puede decirme si es negro?”. Y más carcajadas. Foxx lo hizo tan bien en el filme, que hasta le premiaron con un Oscar, cosa que a mi no me parece tan importante, o como decía un profesor que tuve de literatura: “Me resulta completamente hidráulico”, que es mucho más elegante que “A mí los Oscar me tocan los cojones”, como aseguran algunos radicales (entre ellos, yo). Pero el caso es que el otro día, en el canal Educativo-Dos de la TV cubana, pusieron la película y mira por dónde, me dije: Este tipo hizo cosas imprescindibles.

 

          Respecto a la obra fílmica, ya sabemos que existe una queja común sobre este tipo de creaciones biográficas, y es que muchas suelen limitarse a mostrar hechos supuestamente reales, pero sin profundizar demasiado en el protagonista. Por ello muchas veces terminamos viendo la historia del héroe (o villano), sin conocer realmente al individuo. Sin embargo, esto no sucede con la historia que narra el director Taylor Hackford, que de forma muy astuta ha sabido mostrar las debilidades del músico y cantante, y sus glorias, que fueron muchas más que las pequeñas miserias referentes, obvio es, al alcohol y la heroína. La película "Ray" funciona perfectamente (aunque no es tan buena como su protagonista y las canciones), dramatizando la vida del artista desde su pobre infancia hasta el pináculo de su carrera, a finales de los sesenta. Mas a pesar de los esfuerzos del director por humanizar a Charles, con ciertas recreaciones sobre la niñez y algún episodio en el que obliga al protagonista a alucinar en colores, hay que reconocer que en algunos momentos parece que estamos ante una telenovela trasnochada. En cualquier caso no seamos muy duros, porque lo mejor es que todo Ray está en ella. Y lo óptimo, esa música, esos impagables kilos de Rythm and blues, gospel, soul, jazz… en definitiva: la sangre y el alma de la raza negra. 

 

            El Genio de Ray no radicaba, probablemente, en la enorme versatilidad de su música o la fuerza y originalidad de su voz, ni en la forma tan magistral de acompañarse en el piano, ni en el domino del saxofón (cosa que pocas veces quiso demostrar en escena), sino en su peculiar forma de interpretar todo tipo de temas: desde el jazz al country, del soul y el blues al rock. Insisto: Ray era el genio de la interpretación. Un actor de talla inconmensurable.

 

          La producción discográfica de Ray se calcula, entre oficiales y grabaciones rescatadas, en más de un centenar de discos, parte de los cuales conservamos algunos locos en vinilo, aunque ya se han transferido al formato digital. Entre ellos, estas joyas registradas en la década de mayor esplendor artístico (que no comercial) del cantante: desde los inicios duros y difíciles, a comienzos de la década del cincuenta, hasta un año antes de acabar la década y firmar por otra compañía, ante la desolación de personalidades tan entregadas a él como Ahmet Ertegun, quien junto a su hermano Nesuhi, dieron cuerpo al sello Atlantic en 1947, que llegó a ser la catapulta no sólo de un sonido determinado para la música negra (más tarde llegaría la Tamla Motown en Detroit), sino de decenas de genios del pop y el rock.

 

          El triple CD The Birth Of Soul - The Complete Atlantic Rhythm & Blues Recordings, 1952-1959, contiene nada menos que 53 canciones pertenecientes a esos años de esplendor, amén de un excelente libreto de 32 páginas en las que Robert Palmer se la pega de Diego A. Manrique, escribiendo un hermoso texto sobre el hoy desaparecido maestro de la música negra. Acompañando a Ray (cantante, piano y órgano), aparece un plantel de músicos de primera fila (muchos ya en la gloria), como Mickey Baker, y Wesley Jackson (guitarras);  David Newman, Hank Crawford (saxo alto, barítono y tenor); Don Wilkerson (saxo tenor); Cecil Payne (saxo barítono); Wallace Davenport, Joe Bridgewater, (trompetas); Lloyd Lambert, Paul West (bajistas); baterías y percusionistas como Connie Kay, Alonzo Stewart, Panama Francis, Candido Camero, Mongo Santamaría (congas); y coros a cargo de Las Cookies y Las Raeletts. Todos ellos bajo la mirada atenta de Ertegun y del no menos fundamental Jerry Wexler.

 

          Qué decir de los temas que no se expliquen por sus títulos. Páginas que continúan siendo nuevas a pesar del montón de años caídos sobre ellas. Canciones inscritas en los verdes campos del blues, country, jazz, honky-tonk, gospel, como "Hallelujah I Love Her So," "What'd I Say," "Mess Around,"  "My Bonnie,"  "I'm Movin' On",  "It Could Have Been Me", “Greenbacks”, "Mary Ann",, "Hard Times", "What Will I Do" o "Talkin' About You”, “I Got a Woman”, “This Little Girl of Mine”, “Lonely Avenue”, “I Had a Dream”, etc. etc., así hasta cincuenta y tres joyas. Hay quienes afirman que esta recopilación es, musical y culturalmente, tan fundamental en la música como la colección de Frank Sinatra en sus años en el sello Capitol, o la colección de la Sun Records sobre Elvis Presley. Pero dejando atrás la incontestable calidad y genio de Ray, existen zonas oscuras en la faceta humana del personaje, que no están precisamente a la altura de su obra, y que no me resisto a comentar brevemente. 

 

          A pesar de su apoyo a Martin Luther King en los años sesenta, y su entrega al movimiento de los derechos civiles de la comunidad negra, Ray fue algo paradójico en estas cuestiones, como cuando fue a actuar en Sudáfrica, en 1981, a pesar del boicot internacional contra el gobierno de esa nación por su política de “apartheid”, o cuando dio una serie de recitales en 15 ciudades norteamericanas donde aún estaban vigentes determinadas leyes secregacionistas. En cierta ocasión un delegado de la  ONU le pidió que no volviera a actuar en aquel país africano, a lo que Ray nunca quiso responder. Incluso llegó a definirse como “demócrata a lo Hubert Humphrey” (un carca del carajo), y aceptó un cheque de  100.000 dólares por cantar “America The Beautiful” (que viene a ser como el “Cara al Sol” en España), dentro de los actos de campaña electoral para ¡¡ apoyar la candidatura de Ronald Reagan ¡¡, personaje racista a machamartillo, nefasto político y patético actor. Su manager en aquel entonces, Roy Adams, respondería a las muchas voces críticas que se alzaron contra Ray diciendo: “Por ese dinero, yo cantaría ese himno en una fiesta del Ku-Klux-Klan”. Demasiado para mi cuerpo.

 

          De todas formas, como la carne es débil y las convicciones morales brillan por su ausencia en el mundo de hoy, mejor paso a olvidar esas pequeñas miserias, para recordar también la última grabación del Genio, junto a div@s de la categoría de Norah Jones, Van Morrison, James Taylor, Diana Krall, Nathalie Cole, Bonnie Raitt., Willie Nelson, Michael McDonald, Gladys Knight, Johnny Mathis y Elton John, quien una vez conocida la muerte de Ray Ray Charles el 10 de junio del 2003, declaraba: "Fue un sueño estar junto a él en el estudio, cantar a dúo con mi ídolo de la niñez. El inspiró mi carrera. Su vida ha sido gloriosa”.

          Asi que, “Glory, glory Hallelujah...”, etc. etc.

 

                                                                               

 

 

 

 

 

 

 

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ANIMALES CANOROS: ELVIS PRESLEY

Posté à 01:22 AM le Monday, October 2, 2006

Este mes de agosto se cumplieron 29 años de la muerte de Elvis Presley. En Graceland, la que fuera mansión del divo, se reunirán cientos de mitómanos, ataviados como él acostumbraba a partir de 1962, reuniéndose en una ceremonia tan patética como algunas escenas de los desfiles de la Semana Santa ibérica. (Por favor, que nadie me salga con el tópico referente a que “las costumbres llegan a ser cultura popular”).  

 

          Sólo los fanáticos son capaces de tamaño carnaval, en el que los roqueros de verdad, los auténticos seguidores de La Pelvis, no se suelen mezclar con quienes llevan el homenaje a un terreno de circo de Manolita Chén, dicho sea con todo el respeto que me merecía la artista. Bienvenido el homenaje anual,  el recuerdo a la figura (discutible, como todas) del fenómeno de Tupelo, pero ¡vade retro¡ integristas de la lentejuela y la quincalla, el oropel y la bisutería, o sea, los carcamales con cara de jugadores de casino de Las Vegas, que no hacen otra cosa que hundir lo poco que de auténtico tuvo el pobre chaval del cuidado tupé, protagonista de una docena de aberrantes películas, de las que se salvan únicamente  Jailhouse Rock y “King Creole”, esta última, la mejor sin duda de ambas, dirigida por el astuto Michael Curtiz.

 

          Elvis desaparecía del mundo de los vivos el 16 de Agosto de 1977 a la edad de 42 años, para ocupar de inmediato una lujosa vivienda en el de los mitos. Desde 1956 en que se convirtió en una de las figuras más carismáticas de la escena musical por culpa del rock and roll, su figura fue elevada a la categoría de personajes de obligado conocimiento en la cultura de los EE.UU., como Marilyn Monroe o James Dean. Sin embargo, Elvis no había inventado nada que no existiera previamente. El rock and roll ya había hecho acto de presencia (hacia 1947) en los clubes y cabarets de los guetos donde se hacinaba la gente de color, pero sus intérpretes no lograban colarse en la poderosa televisión por el mero hecho de ser negros. Y así, genios como Fats Domino, Larry Williams, Chuck Berry o Little Richard tuvieron que soportar que un muchacho blanco, que únicamente gustaba de la música country (el equivalente yanqui a la copla o canción española), fuera considerado el arquetipo de creador del rock and roll, en detrimento no sólo de las auténticas raíces de tal forma de expresión musical, sino de sus más genuinos creadores, incluidos los blancos Jerry Lee Lewis y Eddie Cochran.

 

          El nuevo estilo, popularizado por el disc-jockey Alan Freed en 1956, obedecía a los verbos to rock y to roll, ya previamente utilizados en 1939 por Buddy Jones en la canción Rockin’ Rollin’ Mama, continuando por Arthur Big Boy Crudup con el tema Rock me, Mama en 1944, por Wild Bill Moore con We’re Gonna Rock, We’re Gonna Roll en 1947, y otra serie interminable de canciones e intérpretes que jamás fueron lanzados al estrellato por las emisoras de radio y televisión: todos  ellos tenían la piel de color negro, ya sabes, ese que Michael Jackson ya no disfruta porque fue atacado por un vitiligo mental.

 

          Los arteros y manipuladores dueños de las cadenas más importantes de radio y televisión, que además disfrutaban como enanos aplaudiendo las medidas que el senador Mac Carthy había emprendido, contra todo aquel profesional del cine que fuera sospechoso de simpatizar con el comunismo, gozaban igualmente dejando a los negritos fuera de la pequeña pantalla. Preferían que un muchacho blanco usurpara el trono de un reino próximo a convulsionar el mundo de la música ligera.

 

          En el terreno interpretativo, el nacimiento, evolución y ocaso de Presley son idénticos a su trayectoria cinematográfica o a sus maneras y formas en el vestir.  A estas alturas parece como si Elvis hubiera sido inventado por la poderosísima RCA Víctor, que supo imponerle un más que descarado aire de joven provocador, con cierto aire chulesco, peinado con ese inconfundible tupé caído sobre la frente, luciendo una sonrisa mitad conmiseración, mitad autosuficiencia, lanzando una mirada soberbia y provocativa, para dos años más tarde sufrir una de las transformaciones más patéticas de la pequeña historia de la música popular.

 

          El aire de gigoló se difuminaba para dar paso a la de un galán hollywoodiense a lo Rock Hudson, permitiendo que los peluqueros y estilistas de la alta sociedad dominaran su rebelde flequillo, aparcando al tiempo el poderío de sus ojos azules y la suavidad de su sonrisa, para finalmente encarnar a uno de los mayores horteras que ha dado la historia del rock, si exceptuamos a Gary Glitter.

 

          La vestimenta que lució a partir de 1960 parecía elegida entre la más esperpéntica que pudiera hallarse en las tiendas de moda. Las lentejuelas, los grandes cuellos, camisas con chorreras, hilos de oro, brocados casi taurinos, sustituían a las botas de punta afilada y los pantalones de severo cuero negro. Su imponente voz, su registro envidiable se venía abajo con versiones de éxitos de siempre (en directo desafinaba más de una vez y reía de buena gana), su rebeldía juvenil se agotó cuando aún no había cumplido veinticinco años, su vida fue secuestrada por gente sin escrúpulos que le lanzaron al abismo de la competencia en sesión continua. Su repertorio, por ende, corría la misma suerte. El rock dormía a pierna suelta en su camerino y sacaba a la pista versiones de temas más que manidos, si exceptuamos dos aciertos indiscutibles: In The Ghetto y Suspicious Mind. La inocencia de Elvis fue traicionada. Otra víctima más de ese salvaje mundo del hit parade, el dinero, la fama y la notoriedad.

 

          Tal vez el hecho de verse desplazado desde un mundo joven, vital y rebelde (Beatles y Rolling Stones dinamitaron el terreno que pisaba), hasta los salones de lujosos restaurantes y hoteles de las Vegas, entre miles de turistas y compatriotas maduros, conformistas y adocenados, le condujera a un pastilleo más que comprensible del que, por suerte y desdicha, salió aquella tarde de agosto de 1977 en que se unió al Olimpo de los Dioses del ritmo. De haber vivido más años, Presley se hubiera convertido en una caricatura de si mismo.

 

          Porque respeto su memoria no he ido jamás a Graceland, ni he pasado por Tupelo (Mississippi), pequeño pueblecito donde naciò, ni he visitado los estudios de la Sun Records. Mi homenaje es poner sus primeras canciones, sus primeros discos, cuando aún estaba lejos de convertirse en un objeto de culto para quienes, precisamente, no suelen comprender qué es el rock and roll.

 
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ANIMALES CANOROS: RUBÉN BLADES

Posté à 01:16 AM le Monday, October 2, 2006

Pocos nombres son tan familiares para los amantes de la música latina (me niego en rotundo a utilizar el término salsa, ese estúpido apelativo inventado en EEUU para definir toda la música basada en la percusión, que nace en los miles de barrios hispanos de aquella nación), como el de Rubén Blades, que debería siempre pronunciarse bleids, ya que el progenitor del cantante, Rubén Blades Bosques, provenía de una familia británica, inglesa por más señas, que fue jockey, jugador de básquet, detective privado y músico anónimo, casado con una excelente pianista de origen cubano, Anoland Bellido de Luna, quien a su vez descendía de una familia de raigambre progresista; tanto era así que su madre le envió a la Universidad convencida de que las mujeres debían acceder a una formación académica para equipararse al hombre. Y en el Panamá de comienzos del siglo XX no estaba bien visto eso de que las féminas se dedicaran a estudiar.

            Por ello, Rubén Blades Júnior vivió su infancia y juventud en un ambiente mucho más tolerante y abierto que el del 80 por cierto de las familias panameñas. Su conciencia fue modelándose en la reivindicación política en el barrio de San Felipe, en ciudad de Panamá, a partir del 16 de julio de 1948. Su abuela materna, Emma, le enseñó a temprana edad a leer y escribir, por lo que con tan solo seis años Rubén ganó el primer premio en un concurso de cuentos para niños de primaria. A partir de entonces no dejaría de escribir. Según el mismo dice tuvo una infancia tranquila y feliz: "Yo no supe que mi familia era pobre hasta que salí de mi barrio", señaló en una ocasión. Cuando era un adolescente, su familia pasó por fuertes problemas económicos y, además, la situación política de su país se tornó muy conflictiva.

            En este sentido, uno de los hechos que marcó a Rubén e influenció su música, fue lo ocurrido en enero de 1964 en el Canal de Panamá, cuando los norteamericanos allí presentes se negaron a izar la bandera panameña, según el acuerdo firmado en un año antes por los respectivos presidentes, John F. Kennedy y Roberto F. Chiari, que indicaba que la enseña nacional debía ser izada en todos los sitios públicos de la Zona del Canal, junto al pabellón estadounidense, a partir de de la fecha antes mencionada. De este suceso resultaron muertas más de 20 personas. Desde ese instante Rubén cambió su tendencia pro yanqui, y se hizo más crítico ante el papel de Estados Unidos en su patria, asunto que se esfumó definitivamente cuando comenzó su imparable carrera hacia la fama, el cine, la gloria y el dinero.

 

Rubén Blades inició su carrera profesional en 1965, uniéndose primero al grupo Papi Arozamena, y luego a Los Salvajes del Ritmo. Dos años más tarde se inscribió en la Universidad Nacional de Panamá para estudiar Derecho. Así se mantuvo una larga temporada realizando ambas actividades, hasta que la presión de sus profesores, que no veían con buenos ojos que un futuro abogado cantara ritmos negroides, le obligó a dejar la música. Al año siguiente marcha a Nueva York donde conoce a Pancho Cristal, el productor de Cheo Feliciano, quien lo había escuchado cantar en Panamá y estaba interesado en que grabara un disco con Pete Rodríguez. La producción salió al mercado en 1970. De ahí salieron canciones con cierta fama como Juan González y Descarga caliente. En 1971 regresa a una Panamá inmersa en una tensa situación política, retomando su carrera universitaria con la determinación de terminarla a toda costa. Por razones políticas relacionadas con el régimen de Noriega, su familia tuvo que trasladarse a Miami en 1973. Un año más tarde Rubén se graduó de abogado (título que compulsó en 1985 haciendo lo propio en la Harvard Law Graduate School).y decide alcanzar a los suyos en la ciudad estadounidense, al ver que en su país no tenía futuro ni como músico ni como abogado.

 

            Al poco tiempo de estar en Miami decidió irse a Nueva York. Su primer trabajo fue organizando y repartiendo el correo dentro de la compañía discográfica Fania Records, el sello discográfico por excelencia de todos los músicos latinos. Allí entró en contacto con grandes figuras de la música neoyorquina. Durante esa época compone el tema Guaguancó triste para Richie Ray. Pero la oportunidad de su vida se presentó cuando Ray Barreto, quien estaba buscando un sustituto para uno de los vocalistas de su orquesta, ofreció hacerle una audición de la que sale con un hermoso contrato verbal como solista, que no se cumple hasta que en 1975 grabó por primera vez con Willie Colón: fue una canción también compuesta por el propio Rubén titulada El Cazanguero, a la que sigue Cipriano Armenteros para Ismael Miranda, con la que inaugura el género narrativo que no abandonará el resto de su vida.. Un año más tarde, ya resuelta su situación de inmigrante, pasó a ocupar en la orquesta de Colón el puesto de vocalista dejado por Héctor Lavoe, “La Voz”. Con Willie a su lado, Blades se asienta definitivamente como autor, cantante, músico y abogado.

 

            De esta forma se inició el mayor y más impactante cambio que sufrió la música caribeña en el último siglo. La primera producción se llamó Metiendo Mano que incluyó Plantación Adentro y Pablo Pueblo, dos canciones de Rubén que fueron un gran éxito tanto entre las comunidades latinoamericanas emigradas a EEUU, como en varios países del Caribe y Centroamérica. Paralelamente, compuso canciones para Ismael Miranda, Cheo Feliciano, Pete Conde y La Compañía, además de grabar con Mongo Santamaría, Adalberto Santiago, Perico Ortiz, Louie Ramírez y la compañera de éste, Paula Campbell, quien años después quedaría inmortalizada en el tema Paula C. La competencia era dura porque en aquel 1975 se producen discos formidables como Barretto (Ray Barretto), La voz (Hector Lavoe) y Bobby Valentín va a la cárcel (Bobby Valentín).

 

            Ese mismo año Willie Colon estaba preparando un cambio en su línea interpretativa, decidido a meterse de lleno en nuevos sonidos y experimentando con todos los ritmos y fusiones latinas. Ese trabajo  comienza a tomar cuerpo y pocos meses después apadrina la salida oficial de Rubén como solista, cantando junto a Héctor Lavoe en el disco The good, the bad and the ugly, aunque Blades ya había cantado anteriormente (pero de forma casi clandestina) junto a Tito Gómez en el disco Barretto. En 1976 Ray había abandonado su orquesta, deja el sello Fania y se dedica a grabar jazz latino con la compañía Atlantic Records.  Héctor Lavoe gozaba de un renombre y fama bien consolidados. En ese estado de cosas, Johnny Pacheco y Jerry Masucci proponen al tandem  grabar un disco con ellos, pero la idea en principio no les agrada mucho, sobre todo cuando se sabe que muchos colegas acusaban al panameño de ser un solista más que discreto, e incluso de ser tachado como un mal imitador de Cheo Feliciano. Pero la profunda amistad que había entre Pacheco y Masucci con Willie Colon vencieron la resistencia de ambos.

 

            La orquesta de este último adquiere una nueva identidad, poniéndose al servicio del timbre vocal de Blades. No fue fácil, pero desde ese año ya se comienza a hablar del “sonido elegante de la orquesta de Willie Colon”. En 1977, registran el disco Metiendo mano - Willie Colon presenta a Ruben Blades, que supuso un éxito sin precedentes, lanza al estrellato al panameño, le abre las puertas de la Fania All Stars y es habitualmente invitado por otros compañeros, como en el magnífico LP Louie Ramírez and friends, en el que interpreta el bellísimo retrato de Paula C.

 

            Y así llegamos al momento cumbre en la carrera de Blades. 1978 es el año en el que él y Willie Colon entran el estudio Good Vibrations en Nueva York para grabar la pieza fundamental sobre la cual se edificaría todo un estilo, toda la historia de un nuevo movimiento musical, profundamente latino, pero impregnado de todos los americanismos inherentes a una sociedad que quiere vivir sin perder identidad, en un territorio en el que hay miles de distintas sensibilidades étnicas y sociales. El resultado superó todas las expectativas: Siembra es considerado como el mejor disco latino (me niego de nuevo a pronunciar salsa) de todos los tiempos, y el más vendido jamás. Una producción en la que todos sus temas son obras maestras, desde la voz crítica de Plástico, el sutil doble sentido que encierra Buscando guayaba, la crónica social (cómic genial, más bien en el que algunos creyeron ver una adaptación literaria del Mack The Knife de Bertold Brecht) que es Pedro Navaja, el homenaje a Venezuela titulado María Lienza, la descarga poética (¡ ah ¡…, la sangre cubana) de Ojos, la melancolía nada rebuscada de Dime, hasta el compromiso social y político que encierra Siembra. Cuatro trombones (Lewis Khan, Leopoldo Pineda, Josè Rodrigues y Sam Burtis), el piano exquisito del profesor Joe Torres, el envolvente bajo de Eddie Rivera, la percusión incendiaria (qué congas, señores) de Eddie Montalvo, Jimmy Delgado y Brian Make (el único yanqui), las alegres maracas de Al Santiago, más el coro que formaron  Adalberto Santiago, José Mangual y el propio Wilie Colon, amén del genio de Rubén, son los culpables de esta joya imperecedera, que años más tarde sirviera a Manel Josep para fundar la Orquesta Platería.

 

            A partir de los años ochenta, Rubén dejó otras obras memorables, pero su aportación más notoria a la música latina ha sido, junto a la labor gigantesca de la Nueva Trova Cubana, la de dotar de conciencia a una manifestación artística que hasta entonces sólo se distinguía por su enorme atractivo rítmico. Que no es poco.

 

            Hace unos meses, su última obra Canciones del Subdesarrollo,  se puso a la venta a través de Internet, en el sitio oficial del cantante (www.rubenblades.com) al precio de 10 $, mientras se pasea por el mundo como responsable de Instituto Panameño de Turismo (equivalente al cargo de Ministro), tratando de que sus amigos del alma, como Antonio Banderas, o el ciudadano panameño Miguel Bosé, inviertan millones de dólares en las playas de su patria, pero deja entrever un cierto regusto amargo en su sonrisa, antes socarrona, producto de saber que es el ministro peor valorado del gobierno Torrijos.

 

Viaja (huye) tanto que ya le llaman Blades Runner

 
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ANIMALES CANOROS: JULIO IGLESIAS

Posté à 01:06 AM le Monday, October 2, 2006

Al igual que Napoleón Bonaparte, este incomprensible trovador, que hubiera sido condenado a la hoguera hace quinientos años por su desafine en sesión continua, debe padecer cierta desazón entre la zona ventral y pectoral, lugar donde posa suavemente su mano izquierda con la esperanza de aplacar ese persistente picor que le ataca siempre en escena. De su fina garganta no se escapa jamás el do de pecho, que no ha buscado alcanzar deliberadamente ante un seguro fracaso, sino que atipla el timbre con un habilísimo tiento que resuena en los corazones femeninos, como si fuera una llamada que invitara a entrar en el Limbo de la Estulticia y la Inanidad. Jamás una voz fue tan asexuada. Nunca un timbre sonó con similar monodia, tan repetida e inútilmente.

Con un parpadeo cercano al revuelo de la mariposa Atlas, el ídolo de Bush II El Terrorista, Augusto Pinochet, Sofía de Grecia y el superjuez español Garzón (cada día más norteamericano), acostumbra a levantar la testuz hacia el firmamento sin siquiera abrir los ojos, que han quedado encerrados para meditar acerca de lo que está cantando. Cuando los abre, es para regodearse ante la avalancha de aplausos que levanta en cada una de sus interpretaciones, momento que aprovecha para pronunciar algunas frases ininteligibles en las que parece escucharse palabras extrañas como “...oy ...tento”, “E...paña”, “a...cias”, “Jey...”, “...ucha...acias”, además de otras inexplicables siquiera desde un punto de vista gramatical, a no ser que visitáramos el museo de la onomatopeya. Pronuncia palabras, estoy seguro, pero ¿comprenderá su significado?.

El ensortijado cabello que lucía cuando sufrió el accidente que le apartó de una portería de fútbol, ha ido desapareciendo, dejando al aire un cráneo espléndido que intenta decorar como el diputado vasco Anasagasti, aunque de momento no ha caído en la tentación de someterse a un tratamiento en las clínicas capilares de Miami, su antro preferido, su pesebre soñado, en el que comparte la calle con criminales como Luis Posada Carriles u Orlando Bosch, más cientos de juergas o proyectos con Andy García, Emilio Stefan y otros esbirros de aquellos.

Luce una sonrisa abierta y artificial que denota una absoluta confianza en el dinero, blanco y negro, verde y sangriento, acumulado a lo largo de más de cuarenta años de trabajo, mas cuando mira no suele hacerlo de frente, esquivando ojos ajenos que pudieran descubrir una insatisfacción incomprensible en quien parece poseer todo lo que sueñan los humanos. Pudiera ser un poso de mala conciencia o una molesta indigestión de ostras.

El secreto está en la porcelana. Una mujer que pregona hasta en los mismos salones de la corte británica las delicias de ese material para cocina y baños, le birló el corazón (y decenas de millones de pesetas) cuando aún volaba la inocencia en sus pupilas, pero ya se sabe que los caracteres del mismo signo no suelen atraerse excepto en tiempos de carencia, por lo que la ruptura sentimental catapultó al héroe hasta la tierra de Jeff Bush “El Hermano Tramposo”, donde aún mitiga el desastre al lado de otros corazones, tras haber libado el polen de miles de florecillas del arroyo, a las que premiaba con unos 1.000 dólares por cuerpo.

Su nariz tiene la facultad de olfatear el peligro, y exige el éxito con la tozudez y amenaza de un monarca borbónico, por lo que no ha sufrido en demasía los vaivenes que zarandean el lujoso yate en el que navega por el Caribe (¿conocerá el “Santrina”?), en el que viaja por la vida. Las poderosas mandíbulas atesoran una férrea voluntad ya apuntada cuando aún no había tocado el infierno de la gloria. Hace muchos años, desde la terraza de unas oficinas donde había ido a ser entrevistado, dejó en el aire varias canciones pero, ante las protestas de unos albañiles que trabajaban al lado del edificio, sacó el orgullo del bolsillo y encarándose con ellos gritó: “¡Algún día seré el cantante más célebre del mundo y vosotros compraréis mis discos!”. Lo que prometió, cumplió, aunque los sufridos currantes del andamio ya no soportan su trino, ni caen rendidos ante el misterioso gorjeo.

El repertorio del madrileño no tiene parangón en el mundo de la música ligera; sus cuerdas vocales atan férreamente boleros, valses, salsa, balada, country, en idiomas tan variados como exóticos. Se sabe de fuentes bien informadas que desconoce la diferencia entre bolero y tango, aunque ha sabido conquistar a millones de ciudadanos chinos que, aún ignorantes de lo que dice, caen rendidos ante el sonido que emana esa fina garganta, en la que la yugular destaca por su rectitud y grosor, denotando que la sangre corre por sus venas con la fluidez de la gaseosa, aunque mezclada con otras sustancias bastante curiosas.

Luce siempre un oscuro traje de seda que brilla en la noche bajo la luna, corbata discretamente azulada, camisa pálida, chaleco a juego, negros y abetunados zapatos italianos, calcetines de ejecutivo a punto de firmar contrato, cinturón negro de cuero de primera y sonrisa refulgente extraída del mejor odontólogo de Hollywood.

Desde que escribiera, sin ayuda, “La vida sigue igual” (en el esfuerzo perdió algunas neuronas), su existencia ha discurrido por los senderos que él mismo ha diseñado, directo hacia el oro, el incienso y la mirra, abandonando por fortuna la ardua tarea de la composición, asunto en el que otros autores trabajan febrilmente, en la convicción de que cualquier producto que salga de la garganta de Julio es éxito seguro. Lo que el rey Midas lograra con los dedos, él lo consigue con esas dos finísimas cuerdas que nadie ha investigado.

Como afirmó en su día Sir Thomas Beecham, el genial director de orquesta: “Es impresionante la potencia de la mala música”.


 
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ANIMALES CANOROS: VÍCTOR MANUEL

Posté à 04:54 PM le Sunday, October 1, 2006

Disculpe el lector si he acudido a la inocente broma monárquica, para ponerle nombre a estas líneas dedicadas a un personaje muy querido en Asturias (merecidamente, qué duda cabe), feliz consorte de la no menos idolatrada Ana Belén (a quien admiro en los tonos graves, pero logra irritarme en los agudos), avispado hombre de negocios en la España del siglo XXI, "comunista, pero no estúpido" (según sus propias palabras), otrora amigo de la Revolución castrista, aunque hoy poseedor de una conciencia tan frágil, tan sensible, que le hace firmar un inútil panfleto contra la ejecución de unos terroristas en Cuba (único país bloqueado militar y económicamente durante más de 45 años), e incapaz de estremecerse, hace sólo unos días, cuando se aplicaba la inyección letal en el estado de Texas (USA) a Frances Newton, una mujer de raza negra, pobre y desequilibrada, ejecutada ante algunos de sus familiares y parte de esa prensa ávida de amarillismo y violencia. Ese tipo de ánima, doliente en algunas ocasiones e indiferente ante las brutalidades yanquis, no entra en mis esquemas. Tal vez se trate de otro caso de conciencia esporádica. Como la de Sabina, Serrat, o la propia Ana.

Mas, ¡ay, querido Víctor!, la práctica habitual de reuniones y festejos junto a decenas de colegas y amigos, en las que ya se aceptó (tras la primera victoria del PSOE) que, ése que hoy se vive, es el mejor de los mundos posibles; tras comprender, aprobar y aplaudir la deserción paulatina de “rojos” como Cristina Almeida, Santiago Carrillo, José María Mohedano, Diego Garrido, Enrique Curiel, Feliciano Fidalgo y otr@s figuras del teatro político, y después de contemplar atónitos la caída del campo socialista, el abandono de las hoces y los martillos y el derrumbe del muro de Berlín, me pregunto dónde estuvo el corazón del autor de La Romería: si al lado de los débiles, o embobado con Gorbachov, la glasnot y la perestroika.

Desde entonces otros muros han nacido, vergonzantemente (aplastando, por ejemplo, el sueño de una Palestina libre), sin que él y esos amigos, ya imbuidos de ideología neoliberal, hayan dicho ni una sola palabra en contra. ¿Son, acaso, nada más que paredes altas, cuerpos pétreos de contención, diques contra la miseria que representan los perdedores, y más si son árabes? Claro, hoy el enemigo no son los comunistas, sino las huestes de Mahoma allá donde se encuentren. Y a esos no se les da ni la hora.

Víctor Manuel debe regresar a la mina. Antes, le iluminaba un cierto candor bajo el que se ocultaba una singular astucia trabajada en el canto, y… en el desencanto. Los mofletes que lucía, esculpidos a golpe de aire manchado de carbón, tremolan hoy con extraño ritmo, junto a un timbre quejumbroso, recio y apretado, que parece brotar del esfuerzo sobrehumano del que pugna por salir a la superficie, tras largas horas de encierro involuntario, cuando no de un incómodo estreñimiento.

Sus manos se aferraron a las caderas de una guitarra, primero para cantarle a la ilusión de un primer disco, pero poco más tarde, cambió de tercio, mostrándose valiente y corajudo al escupir de frente a las armas, la milicia y la admiración por la muerte, que alababa aquel general llamado Millán-Astray, paranoico entre los paranoicos, cuando Asturias, negra por dentro, verde por fuera, pedía a gritos la libertad. Como Euskadi. Como Catalunya. Como Galiza.

Aquella canción supuso el primer contacto de Víctor con los verdaderos militares de la dictadura, aquellos que (como muchos de hoy en día) se colocan por montera la sinrazón del patrioterismo “a lo José María Aznar”, despreciando la inteligencia, siendo expulsado de Canarias (decisión ilegal, incluso entonces), para acudir tembloroso, pocos años más tarde, a cumplir el deber con la patria en los cuarteles del ejército del aire.

Como nieto de picador, allá en la mina, autor de sentidas canciones de regusto folklórico, no era un peligro para el régimen que consagró a ese Rey al que tanto elogia, ¡manda huevos!, en los festejos republicanos. (Juan Carlos, por si no lo recuerda el autor de Paixarinos, es el presidente virtual del mayor y más potente club de fans del asesino Francisco Franco). Sin embargo, para sosiego de la dictadura, Víctor no arrastraba a la intelectualidad catalana, ni vasca, como Raimon, Xabier Lete, Serrat o Lluis Llach. Y que conste, que buena parte de la obra del asturiano, no tiene nada que envidiar al Joan Manuel de los comienzos, al de Cancó de Matinada o Ara que tinc vingt anys, canciones blandas, sin el menor atisbo de poesía, pero que despertaban la emoción primaria de los inocentes, como simples e infantiles eran She loves you de Los Beatles, o L’Estaca de Lluis. Pero el amigo Víctor no precisaba de la patológica necesidad del yacuzzi de masas (el baño de multitudes ya es muy antiguo), aquel por el que suspiran aun Julio Iglesias o Javier Sardá, megaestrellas del firmamento de la mediocridad más casposa. Por fortuna, no camina por esa estúpida senda.

Su carácter, reservado y tristón, se vistió de gala en la clandestinidad, trabajando para el aparato del PCE con un entusiasmo tal, que años más tarde, decepcionado como muchos por la indolencia, la inoperancia y las mentiras de algunos dirigentes, optó por tirar la toalla, ponerse un albornoz y escorarse a la derecha. Yo hice lo propio (e incluso apoyé en una ocasión a F. González), mas al comprobar el descaro del hortera sevillano y su equipo habitual, puse tierra de por medio para refugiarme todavía más a la izquierda, aunque comprendo que el cansancio de la militancia, arrastre a muchos compañeros a territorios anclados en el desánimo.

Y luego llegan las diatribas. Los ex comunistas son los peores enemigos de aquello por lo que dejaron la piel. ¿Se trata de una revancha? No lo creo. Como dicen los psiquiatras: “Es un claro ejemplo de gente queriendo matar al progenitor”. Tal vez por ese vendaval de desengaños, Víctor jugó a ser lírico, épico, dramático e irónico, mas casi siempre se quedaba en el umbral, aldaba en mano, clavado en la puerta, en tanto un coro invisible de voces le pedían que regresara a las reflexiones humildes, a la verde Asturias, desde donde traer la chispa de la sidra, el helado de Cabrales (el queso es insoportable en un viaje) y una fabada auténtica. Víctor se niega en rotundo; prefiere encerrarse en historietas melodramáticas de las que ya nunca salió ileso, mientras su musa, Pilar de la Cuesta, alias Ana Belén, le enseña cómo se alcanza el sosiego, la calma y la seguridad interna.

Pero la carne va cayendo (que me lo digan a mí), el pelo va desapareciendo, la vista se va deteriorando, aunque el dinero continúa multiplicándose por arte de una inteligente inversión, que no de birlibirloque. Una dulce sonrisa enmarca hoy el rostro del autor de El Abuelo Víctor, sentado en la mecedora, bajo los sauces, mientras imagina a los nietos jugando en la piscina. Dentro de la casa, Pilar prepara unos martinis muy secos para el aperitivo. Es la bebida que le gusta al Rey y nunca toma menos de tres. La felicidad es ella… y aunque él no lo sabe, estoy seguro que es el mejor Príncipe de Asturias que pudiera tener aquella tierra, aunque un lejano eco, que él se niega a escuchar, diga: Viva la República.


 
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ANIMALES CANOROS: JOSÉ ANTONIO LABORDETA

Posté à 04:50 PM le Sunday, October 1, 2006

El aula ha abierto sus puertas. Los alumnos van a disfrutar de una de las lecciones que el profesor imparte con la gracia de un impensable torero maño. Ante la sorpresa general, le acompaña un bedel cargando una guitarra, que éste deposita sobre la mesa con el mimo con el que hace lustros se trataban los objetos mágicos. Se hace el silencio ante la entrada del hoy único diputado de la Chunta Aragonesista en las cortes españolas. También él cree en esa democracia.


El bigotudo educador toma la silla donde habitualmente se sienta y coloca en ella su pierna derecha, deja la cartera repleta de libros, toma el instrumento y comienza a cantar “Polvo, niebla, viento y sol y donde haya agua, una huerta, al Norte los Pirineos, esta tierra es Aragón”. Cuando finaliza su homenaje a la tierra de Goya, Buñuel, García Abril, Gracián y  Borau, estalla un tímido aplauso mientras aquellos púberes se miran desconcertados entre risas contenidas y alegría ante la heterodoxia. ¿Podrían ser así hasta las clases de matemáticas? Las de latín, al menos sí, como apuntara Jacques Brel cuando ironizaba con “Rosa, rosae”, que el propio Labordeta recogiera más tarde rindiendo tributo al belga, añadiendo a la canción el intangible valor del número pi, y el recuerdo de los muertos de la última guerra civil.

 


El rostro de José Antonio es adusto como el paisaje, curtido en la clandestinidad de las tertulias donde los demócratas conspiraban para tratar de hallar la fórmula que envenenara al franquismo. Brassens le enseñó a dejarse un espeso bigote con el que impresionar a los comisarios cuando tuviera que sufrir un interrogatorio; por ello, luce orgulloso su mata de ensortijado pelo, ya que, ¡ay, estúpida alopecia¡ sobre la cabeza relumbra el sol del que se defiende con una singular gorra escocesa, francesa, inglesa o suiza; qué más da.

 


Emerge su voz, potente y clara, como un geiser de Islandia clavado en el Moncayo, impelida por la invisible pujanza de historias tan arraigadas como la de Severino El Sordo, que vio la luz en aquellas montañas, en aquellos paisajes agrestes de La Sanjuanada, donde La Vieja canta una nana para dormir a un niño y las uvas dulces mitigan el dolor de las banderas rotas. Las pobladas cejas sirven de parasol a esa franca mirada en la que ya hurga el gusano de la aceptación definitiva. Y deja el cigarrillo.

 


Hay ocasiones en las que el gesto amable se torna severo, frunce el ceño desconfiado y continúa su camino hacia la libertad, inventando una imposible Zarajota a ritmo de blues. Y es que Aragón ya no es sólo la Pilarica, el Ebro silencioso, Ramón y Cajal, Agustina o Escrivá de Balaguer; se le ha colgado del viento un profesor que canta lo que somos, que siembra el conocimiento echándole aire al aire, quitándole trascendencia a lo superfluo y prestándonos un poco de su historia personal. Con ella a cuestas, y esa mochila con la que ha recorrido todo un país repleto de naciones, nos invita a seguir aprendiendo a cada paso, porque corren tiempos de imbecilidad colectiva de los que es casi imposible desligarse. Hay que defenderse de la estulticia.
 
Han pasado más de setenta años desde que diera su primer grito. Va camino del Congreso y recuerda sus días como profesor de instituto en excedencia. Aquellos negros años en los que hasta se hizo amigo del policía que tenía la obligación de vigilarle; un mediocre funcionario que incluso derramó una furtiva lágrima en la estación de Teruel, cuando el autor del “Réquiem para un burguesito” se iba a Zaragoza a impartir clases magistrales.
 
Rememora los poemas de su hermano Miguel, su romance con Paula, el nacimiento de sus hijas, las conferencias y recitales en el Colegio Pignatelli. Pasan zumbando sus proyectos de novela, sus notables viajes y cientos de artículos periodísticos. Aún le suenan las órdenes del realizador de TV cuando gritaba eso de “¡Cuenta cinco y acción¡”. Todo eso y los casi veinte discos que ha publicado. Y se apaga el siglo XX.

 


El Congreso ha abierto sus puertas. Los diputados van a discutir amigablemente mientras millones de ciudadanos se han concienciado acerca de la inutilidad del hemiciclo. Todavía reconforta aquella bellísima frase que dirigió a los que niegan el holocausto republicano en la España franquista: “¡Váyanse a la mierda, joder¡”. El veterano profesor mira socarrón desde su escaño mixto. ¿Para esto le puse alforjas a la burra?, se pregunta, mientras extrae del bolsillo un ejemplar de las obras completas de su hermano Miguel. Cierra los oídos y lee pausadamente imaginando que habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga: libertad. Sabe que no caerá esa breva, porque él conoce perfectamente que aún no ha llegado aquella por la que él alzaba la voz.
 
Y el siglo XXI sigue caminando entre bombas, bushes, torturas, blairs, asesinatos, aznares, mentiras, zapateros,  manipulaciones, polancos, bloqueos y solanas; y sin embargo, “El Ebro guarda silencio al pasar por el Pilar”.

 
 
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ANIMALES CANOROS: MIGUEL RIOS

Posté à 04:46 PM le Sunday, October 1, 2006 dans MUSICA

De amplia sonrisa y lunar perfecto (detalle erótico que le coloca entre Joan Manuel Serrat y la inolvidable Arlene Dahl), el rostro de Miguel denota cierta suficiencia, amparada en una lozana y discreta apostura, que deja escapar una caída de ojos semejante al tobogán infantil donde los niños juegan al nacimiento del vértigo. Las doncellas granadinas cayeron pronto en la tentación que suponía mecerse bajo la Alhambra, arropadas bajo la luna que el joven aspirante a cantor inventaba en sus imitaciones franco-italianas. Permeable a los ecos del festival de Sanremo (pobre ignorante aquel anónimo periodista que lo escribiera separado), las descargas de rock mexicano y los gorjeos de la divina Françoise Hardy, sueña con abandonar el recinto de Boabdil, cruzando Despeñaperros hacia el norte, para dedicarse a la búsqueda del Santo Grial del éxito en la obligada capital del estado.

Si Johnny Halliday había logrado situarse en la sombra de la sombra de la silueta de Elvis Presley, como el colega Adriano Celentano en su Milán natal en la misma época, Ríos intentó lo propio bajo el manto de un nuevo alias: Mike. Una vez americanizado, al menos en nombre, sus padrinos tejen para él una suerte de soportes en los que descansaría su indefinible estilo, siempre bajo el manto del cuarteto los Relámpagos o, más tarde, de los Sonor.

Seguro de su triunfo, Mike va curtiendo la piel de su rostro con una fina agresividad rítmica, a la que promete en matrimonio con una estilizada vena melódica, que le harán ideal para protagonizar cuantos guateques se produjeran, alternando todos los twists conocidos, las versiones de éxitos galos e italianos y un único rock and roll: Bonnie Moronie, bautizada como Popotitos. Sus carnosos labios, que esconden una de las dentaduras más perfectas del mundo canoro, invitan al beso febril de las doncellas dispuestas a abandonarse al sano placer de la lujuria, entornando las pupilas que titilan bajo las poderosas cejas, que detienen el sudor de su amplia frente adornada por un avispado y sinuoso tupé, que algún moderno peluquero colocó porque sí.

De estatura cercana al metro ochenta, talla no demasiado habitual en el sur de Hispania, las manos de Mike no conocían casi el sensual tacto de las guitarras eléctricas, y su imagen bien pudiera semejar a un Johhnie Ray cruzado con Dean Martín, entreteniendo a la audiencia de Sinatra en algún club de Las Vegas. De ademanes pausados, el torrente que se adivinaba en los ríos de su interior despierta imparable cuando recupera su auténtico nombre. El hijo del rock and roll es capaz de hacer digerible a María Ostiz, bailable a Serrat y creíble su monacal devoción por el heavy de los setenta.

Su aventura beethoveniana, que le encumbrara universalmente cuando agonizaba la década prodigiosa del pop, quiere ser continuada vía Dvorak con un rotundo fracaso, lo que provoca las primeras fisuras en el cutis del intérprete, decidido más que nunca a impregnar su alma de rock. Una cierta cólera contenida ante las críticas se agazapa bajo su mandíbula de sólido y desafiante mentón, mas la fuerza de su voluntad, inquebrantable al desaliento, le coloca ante la pantalla como narrador de la historia del pop para que pudiera unir su voz incluso a la de las estrellas que habían puesto en solfa su vigencia. La reconciliación de dos generaciones enfrentadas se había difuminado, una vez sellado el compromiso de abandonar las armas.

Amigo de sus amigos, enemigo de sus enemigos, su compromiso social con la izquierda le llevó a formar parte del entramado empresarial, en el que ciertas conciencias que abandonaron el ideario descansan tras el abandono de la utopía.. En su mirada hacia el siglo XXI, aún a pesar de la bonanza económica que rodea su espléndida madurez, hay un regusto de misterioso cabreo que avejenta su físico envidiable, síntoma de un espíritu trabajado en el deporte del balompié, el rechazo a la nicotina, el alcohol y las sustancias alucinógenas. Mira hacia atrás con desconfianza, hacia delante con la sensación de haber olvidado un equipaje en algún aeropuerto y hacia los lados temiendo encontrarse con alguna de sus bestias negras.

Una eterna y desagradable sospecha de perenne insatisfacción enmarca el imposible y anguloso óvalo de su curtida faz, en el que el erótico lunar parece haber perdido la magia de antaño. María Ostiz, Elvis Presley, Beethoven, Miguel Bosé, Serrat, el twist, el rock, la balada, la movida, se han mezclado impensablemente bajo su palio vocal. No hay nada reprochable en la indefinición militante de la que hace gala. Al fin y al cabo, todo es posible en Granada.


 
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ANIMALES CANOROS: JOAQUÍN SABINA

Posté à 08:30 AM le Sunday, October 1, 2006

Uno en su ignorancia no sabe si Joaquín conoció la historia de Pancho López, un héroe anónimo, más o menos del estilo de Speedy González, pero con la sutil diferencia de que mientras a éste le cantaba un cursi llamado Pat Boone, al otro, más auténtico y mexicano, se lo sacaron de la manga en las tierras del sub-comandante Marcos, para definir a aquella persona que vive a toda hostia, empeñado en beberse la vida a tragos de litro y medio, sin medida ni recato, como en una despiadada carrera hacia el infinito. Eso sí, abandonando amores, compromisos y lo que fuere, con tal de avanzar sin rumbo ni meta fija.

 

Y si de México hablamos (una de las enormes pasiones del primogénito del comisario), habremos de echar la vista hacia atrás, y situarnos en la barra de un restaurante azteca, en pleno Londres del glam-rock, para comprender el estado de ánimo del “Grajo de Úbeda”, que es como en el mundo taurino y cantarín se conoce al escuálido bardo, que se dejó crecer la coleta mientras bullían por su empinada cabeza historietas de putas y cantaores, maletillas y delincuentes, a quienes convertiría en protagonistas de sus futuras canciones.

 

Guitarra en mano, alegando la leyenda de que la Policía política española le perseguía por sus actividades antifranquistas, el viajero Sabina llega a la capital británica dispuesto a entretener al personal con las formidables creaciones de José Alfredo Jiménez. En las calles, el ambiente era más bien distinto. Miles de jóvenes aguardaban la llegada del punk, ataviados con ropa colorista y provocadora, en tanto el cuarteto sueco Abba organizaba su Waterloo y las playas de Brighton eran testigo de las batallas entre mods y rockers.

 

Joaquín caminaba por otros senderos, por los mismos que pisaba, a caballo claro, el jinete de Miguel Aceves Mejía, o quemaba con ansia las horas jugando al billar americano, viviendo romances pasionales, entonando valsecitos y corridos, en fin, gozando a tope ese autoexilio que algunos ingenuos tomaron por auténtica persecución política. Pero Sabina no encontró su mariachi. El joven aprendiz de macarra acera entonces su ya afilado rostro, adquiriendo el tinte de un Cristo de cualquier paso o trono de la Semana Santa andaluza. Anónimo y doliente, como su paisano Muñoz Molina, ve cómo la nicotina siembra sombras amarillas en su dentadura, y el alcohol abre la puerta por la que escupe su menosprecio e indiferencia por la dictadura del criminal Francisco Franco, ídolo del ciudadano Juan Carlos de Borbón, en tanto dispone su alejamiento de Pénjamo y el Rancho Grande, dispuesto a iniciar su carrera como cantautor comprometido.

 

El glam de Tyrannosaurus Rex y David Bowie no le habían servido para mucho. Nada más lejano a su reciedumbre española que esa horda de “locas” inglesas vestidos como si fuera a un carnaval veneciano. Él es de los que prefiere la sensiblería del primer Serrat antes que la carga de mala leche que se traía Lluis Llach. En su fuero interno canta por Ochaita, Valerio y Solano, Quiroga y Rafael de León, antes que por Yupanqui, Blas de Otero, Celaya o Neruda. La españolidad descubierta en esa nueva patria que camina hacia la democracia, se hace más sólida cuando se arrejunta con muchos jóvenes izquierdistas sin compromiso político, que le acogen en su seno con alborozo, unas aceitunas y un fino, por favor. Se siente así más sosegado. Huye de los ideales y las utopías. Le espantan esos morlacos. Son toros con los que prefiere no lidiar. Él es un diestro al que le pasman los naturales, o sea, los que se deben dar con la zurda.

 

En sus paseos por la capital del reino oye hablar de un tal “Jaro”, al que dedica una tonadilla que recoge desde su tribuna en el Metro madrileño un chavea llamado Pulgarcito, al que a su vez llevan a la flamante 2ª Cadena de TVE, como muestra exótica de lo que se vino en denominar “cantantes callejeros”. La repercusión del tema es tal, que un avispado ejecutivo de una de las grandes multinacionales hispanas llama a su despacho al responsable de la grabación. Pero la sorpresa surge cuando el imberbe trovador confiesa que el romance no es suyo sino de un señor de Úbeda. ¡Qué demasiao ¡…Tras escuchar al responsable, el directivo opina que ese tipo es buen autor, pero un mal cantante. Trágico error.

 

El jiennense sale del ostracismo, vía Mandrágora, y comienza a gestarse el rapto de Sabina. El contacto con San Javier Krahe acentúa su interés por la metáfora, la anáfora, la hipérbole y el palíndromo, mientras deja escapar su fina ironía de la que no se libran ni sus amigos más cercanos. Carente de voz atractiva, aprende a soltar por el túnel de su garganta ese tren chirriante que camina por sus dos castigadas cuerdas vocales, logrando que el texto haga olvidar el timbre y que sus versos oculten al imposible tenor que lleva dentro.

 

Algo mágico se mueve en el aire de sus conciertos, donde suelen aparecer Princesas que caen en las garras del mono, a las que canta con una ternura inusual. A partir de entonces su calenturienta musa le inspira decenas de poemas en los que está asegurado el aplauso del personal, que hasta entonces creía que los cantautores debían ser como Raimon. Pero no son ya tiempos de himnos sencillos o de vates curtidos en la protesta. El rock se le ha colado hasta las gónadas y eso se notará en el ropaje con el que viste sus historias urbanitas. Preso por la fama y la notoriedad repentinas, el Grajo de Úbeda vuela hacia un nido donde serenar la vorágine de acontecimientos que están a punto de sobrepasarle. Idolatra su intimidad, se siente agorafóbico antes que hippie de Woodstock. Su voluntario encierro tiene el aroma monacal del matador antes de cortarse la coleta: es tiempo de reflexión. Retorna así al valsecito, el corrido, la rumba, la copla, en fin, a la latinidad ingenua de sus comienzos. Y en todos esos palos, sabe cómo salir indemne.

 

Su piel se ha curtido entre las manos de cien mujeres diferentes, su carne enjuta y nervuda huye de adiposidad con fervor envidiable, templando nuevas historias a las que modela entre soneto y soneto, en noches que se funden con la luz del día, en días que copulan con la oscuridad invernal. Es un jugador en sesión continua. Póquer, amor, billar, pinball, todo le sirve para gestar historias a las que ya no puede acompañar de nicotina, alcohol o ese porro próximo a legalizar que solo espanta a los hipócritas y mediocres.

 

Su cuerpo, erigido en presidente de la corrida que vive, le ha sacado el pañuelo blanco para advertirle con un primer aviso. Y Sabina mira alucinado al horizonte mientras Brassens canta : “La Camarde qui ne m’a jamais pardonné, d’avoir semè des fleurs dans les trous de son nez, me poursuive d’un zéle imbécile… »*.

Sabina es un espléndido narrador de su tiempo, que ha sabido conjugar, con ingenio y voluntad, a tres generaciones de melómanos: los rockeros cincuentones, los maduritos de la movida, y a esos jóvenes ejecutivos treintañeros con máster en Florida e ideología desconocida, pero escorada a la derecha, que acuden a la oficina pálidos y ojerosos tras una noche de cocaína y Risk.

 

En pleno siglo XXI, el primogénito del comisario sigue raptado por criaturas extrañas, gnomos y ranas encantadas, esperando no se sabe qué acontecimiento. En Londres era millonario de ilusiones. En Madrid es sólo millonario. Sólo por ello le pido con el corazón en la mano que se dé una vuelta por esta Cuba de mi alma, como ya han hecho Ojos de Brujo, Aute, Manic Streets Preachers, Claudio Abbado, Andy Montañez, Son de la Frontera, Audioslave, Rick Wakeman, Simply Red y otros valientes diestros en el noble arte de la música. Ya sabe que no se trata de ganar más dinero, sino de demostrar en las horas difíciles dónde está el coraje.


*Nota.- “La Parca, que jamás me ha perdonado haberle metido flores en los agujeros de su nariz, me persigue con un celo bastante estúpido”. (“Suplique pour être enterrè dans la plage de Sête”).


 
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ANIMALES CANOROS: JAVIER KRAHE

Posté à 08:25 AM le Sunday, October 1, 2006

De pequeño, Javier Krahe se dedicaba a pastorear versos por la casa, pero un día, al entrar en una iglesia para dar gracias al Señor, se le escapó una mano, que yendo directamente al cepillo, se llevó los óbolos que algunos fieles habían dejado para el culto de San Cucufato. Un sacerdote, al ver el sacrílego atraco a mano desarmada, le leyó la cartilla en forma tal que, desde entonces, viene siendo un muchacho anticlerical, algo rapaz, mujeriego, bebedor y mefistofélico.

Cuando aún era barbilampiño, en cierta ocasión, durante una visita a la capilla de Saint Georges Brassens, escuchó: “Je vivais a l’écart de la place publique, serein, contemplatif, ténebreux, bucolique…, refusant d’acquitter la rançon de la gloire, sur mon brin de laurier je dormais comme un loir”* (ver Nota al pie) y, aunque no entendió nada, decide seguir los pasos del Creador, utilizando en principio las oraciones que el venerable galo había escrito, para posteriormente ingresar en la capilla de la Mandrágora, donde sorprendería a los fieles con unos textos directos, iconoclastas y escandalosos que le suponen el destierro. Una monja canadiense sirvió al mozalbete para iniciarse en el escapismo y en el noble arte del francés. Su sueño de convertirse en apóstol de una nueva religión (el egotismo filantrópico-introspectivo), encuentra el parabién de los feligreses, que acuden a escuchar sus sermones sin abandonar una sonrisa perenne, y en los que afirmaba que la violencia debe ser verbal, únicamente. Más tarde en su sempiterna huida hacia el horizonte, donde se refugia de las preguntas que lanzan los fieles (como si él fuera Brian el de Monthe Pyton), medita nuevas estrategias para desprenderse del menor compromiso con los de su raza. Una tarde, se acercó a un anciano andaluz que pescaba boquerones a puñetazos y le preguntó qué debería hacer para que la gente no le diera mucho el coñazo. El anciano le respondió: "Lo más seguro seria irse de religioso a un monasterio". Y él se fue al de Zahara de los Atunes. Allí se estaba preparando para ingresar en una casa de discos, pedía mucho a Dios que le iluminara y tuvo un sueño: vio que empezaba a edificar una mansión en forma de vinilo, mientras una voz le recomendaba: "Cantar más, cantar mejor". Y al fin oyó otra voz que decía: "Sólo cuando seas lo suficientemente humilde comenzarás a ser humano".

A los 30 años entro en la iglesia CBS y como era muy difícil conseguir libros para rezar (y eso que sabía muy bien venderlos), se aprendió de memoria las oraciones de un hermano al que cantaba con fervor inusual.

Se le considera el inventor del cilicio vitriólico, o sea de una melodía hiriente que algunos intelectuales se amarran en la cintura para hacer penitencia. Se convierte así en el máximo representante de un colectivo que se agrupa bajo el slogan de “Haz el amor y no la guerra”. Ese pacifismo, que el buen Dios proclamo en su venida mortal a la tierra, le sirve para quitarse las cadenas que aún le ataban a cierta tendencia a la solidaridad universal. Lo particular y propio será su epicentro inamovible. Inventa el hippismo, veinte años después de que lo estrenaran en California, pero él lo ignoraba.

Se fue a vivir a un apartamento y después de estar allí cinco días en oración se le ocurrió la idea de pasar los 40 días sin comer ni beber. Tenía que ensayar ese tipo de estrategias vitales, ya que había decidido ser cantautor. Le consultó a un anciano y éste le dijo: "Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin probar bocado. Puedes hacer el ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca de usted diez kilos de boquerones y una jarra de cerveza, y si ve que va desfallecer, come y bebe." Así se hizo. Los primeros 14 días cantó de pie. Los siguientes 14 cantó sentado. Los últimos días de la cuaresma era tanta su debilidad que tenía que recitar acostado en el suelo. El anciano al verle en tan lamentable estado lo llevó a un hospital de donde salió un poco más lustroso. Por eso sigue tan enjuto y quijotesco, pero ya sabe que no morirá de inanición, y menos aún de sed. Conocida su bondad y palabra certera, logró que llegaran hasta él vecinos de muchas ciudades y aun de países lejanos, para aplaudirle, pedirle consejo matrimonial, sexual o político, pero sólo consentía que fueran mujeres quienes tocaran su cuerpo para recibir su gracia y bendición apostólica.

Entonces, para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de profeta y cantante, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo y raro: se hizo construir una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento. Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 17 metros, y allí pasaba la vida. No comía sino una vez por semana. La mayor parte del día y la noche se dedicaba a escribir o tocar cítara.

Para que nadie vaya a creer que estoy narrando cuentos inventados o leyendas, recordamos que la vida de San Javier Krahe la predijo Teodoreto, quien era monje y fue luego Obispo de Chamberí, ciudad cercana al sitio de los hechos. Un siglo más tarde, un famoso abogado llamado Evagrio escribió también la historia de este santo varón, y dice que las personas que fueron testigos de la vida del barbado bardo afirmaban que todo lo que cuenta Teodoreto es cierto. Solia cantar trescientas veces al año e intentaba corregir las malas costumbres. Y entre recital y recital oraba por ellos y resolvía pleitos entre los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los convencía para que le pagaran un poco de bebida de cebada o mitigaran sus deudas.

Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo cantar “Cuervo Ingenuo”, empezó a pedir perdón a Dios a gritos y llorando, pero luego se supo que era un redomado mentiroso y un gran actor.

Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los insultos ni demostró disgusto por ellos. Incluso cuando se le hizo un sonoro homenaje, no mostró su furia ni enojo a pesar del catastrófico resultado artístico. Se sabe que jamás actuará en la Cuba de Fidel, aunque tiene más dignidad que algunas senadoras y diputados del PP, pero tanto interés por los fenómenos políticos como el que demuestra un esquimal ante el pacto antiterrorista.

La muerte le trae al pairo, por lo que sale a la mar sin vela ni timón, dispuesto a probar el sabor del naufragio. En el fondo es como Robinson Crusoe, pero con la vista puesta en el agua… por si una sirena se despista, encalla y cae en sus brazos.


*Nota: “Yo vivía en la esquina de la plaza mayor, tranquilo, contemplativo, tenebroso y bucólico… Rechazando pagar el precio de la gloria, dormía como un lirón sobre mi rama de laurel”. (Les Trompettes de la renommée, de Georges Brassens).


 
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ANIMALES CANOROS: LUIS EDUARDO AUTE

Posté à 08:17 AM le Sunday, October 1, 2006

Se ignora si su primera luz fue la que vio en algún cuadro de Dalí o en una de las obras maestras de Van Gogh. No sabemos si comenzó a cantar como homenaje a Chagall o enamorado de las sugerentes canciones del París del diecinueve. Impresionista, realista, clásico, romántico, qué más da si lo que cuenta es su pasmosa distancia de lo habitual y cotidiano. La belleza…

Fue diseñando su dolor y su felicidad en medio del fragor de una permanente batalla contra todo tipo de formulismo, cuando el término burgués era casi tan despreciable como durante la revolución francesa.

El rostro de Luis, de Eduardo para muchos amigos, de Aute para la inmensa mayoría, está plagado de puntos y aparte, de comas y paréntesis que le dan un aspecto de lector impenitente, siempre con el rotulador en una mano, el pincel en la otra, una mirada puesta en la cámara y el oído atento a las canciones de Brel mientras saborea un whisky para digerirlo todo. Chasca la lengua y entorna los ojos. Su nariz rectilínea se quiebra levemente en un promontorio idóneo para colgar las lentes que la ayudan a seguir devorando palabras. Con barba de tres días, permanente y deliberada, su aspecto de frágil constructor de canciones, de enfermizo poeta clandestino, ha despertado decenas de amores irrealizables, cientos de romances silentes arropados bajo la inteligente voz del artista enamorado de… la belleza.

Le hiere la cobardía, aquella que logra llevarse al amigo de siempre, y supo encontrar en la trova cubana uno de sus más firmes soportes. Pablo, Silvio y Luis Eduardo fueron mosqueteros que pusieron en marcha la cubanización de la música española, la españolización de la canción cubana, en un continuo viaje por el atlántico repleto de idas y venidas, de sonrisas, cigarros y guitarras. La belleza…

Lejos queda la finísima ironía, como sus labios cerrados suavemente, con la que fustigaba incluso a sus colegas más reacios a la autocrítica. Le espanta el panfleto, huye de los tópicos como de la peste, se aferra a un certero encuentro con la palabra exacta, con la nota precisa, con el día perfecto. La belleza...

Fustiga la mediocridad con un carboncillo que dibuja sensualidad entre cabellos ensortijados, rizando el erotismo, rozando la pornográfica condición del solapado voyeur que esconde, bajo cientos de velos árabes, una colección de huríes dispuestas a la danza. Enmarca su óvalo bajo la finísima capa del cabello luengo, abandonado a su suerte, que ya no se arraiga con firmeza sobre su cráneo semidespejado, permitiendo al tiempo que pinte de blanco su delicado mentón que jamás fue agresivo a pesar de la su firmeza. La belleza…

Reposa como un personaje del Greco en cualquier esquina de Toledo, cubierto con el discreto ropaje del que no busca otra mirada que la de un niño que juega a las canicas. Esos impagables dedos, esas voluptuosas manos que han paseado las yemas sobre pieles prohibidas, provocan canciones solidarias que siguen peinando el viento de un Madrid teñido de sangre de inmigrantes, pulsan las cuerdas del tiempo deshojando el almanaque de la vida con la parsimonia del arquero seguro de su triunfo. La belleza…

Se mantiene a flote rechazando el manifiesto fácil, la reprimenda inoportuna que se apresuran a firmar sus colegas más descorazonados, dejando claro que quiere mantenerse a la distancia adecuada, lejos de la mediocridad en la que pastan muchos de sus compañeros, avejentados prematuramente por mor del abandono de las utopías. Los últimos acontecimientos que sacuden el orbe, con sus guerras, invasiones, fealdades, torturas, injusticias, amoralidad, mentiras y traiciones, parecen no hacerle mella. Como Simeón el Estilita, contempla el desastre con la mirada puesta en ese atardecer rosicler que Góngora cantara en el condado de Niebla. La belleza…

Su perro llamado dolor ladró en los albores del siglo veintiuno, mas su protesta no halló el eco deseado y se perdió en la noche de la indiferencia. ¿Será capaz de rebelarse, de lanzar un grito desgarrado, de romperse las cuerdas a golpes de rabia incontenible?. No, no es su norma. La ley que le detiene es también la que mantiene a raya al universo: la armonía interna. Un caso raro el de este caballero andante que jamás derribó molinos, ni atravesó los odres para matar sus fantasmas. La belleza…

 

Carlos Tena





 
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ANIMALES CANOROS: ANA BELÉN

Posté à 08:09 AM le Sunday, October 1, 2006

 Posee Pilar de la Cuesta una de las sonrisas más fotogénicas del firmamento español. Envidia de agencias de publicidad con encargo para desarrollar un proyecto sobre el mejor dentífrico, la pizpireta protagonista del aberrante film “Zampo y yo”, entró en la pasarela de la fortuna cuando Marisol era casi una adolescente, y Pablito Calvo (aquel tierno chavalín que encarnara en la pantalla a Marcelino Pan y Vino) coqueteaba con el ideario comunista, para escándalo de Fray Papilla y Ladislao Vadja.

Sin embargo, no sería hasta lustros más tarde cuando surgiera a la luz la verdadera Ana Belén, para gozo del cantautor Víctor Manuel y de la industria discográfica española, necesitada de rostros femeninos tan atractivos como ella.

Dotada de dos registros bien diferentes, sus graves nada tienen que ver con los agudos, en los que atipla el timbre con educado voluntarismo, llegando a la nota de forma precisa, que es de lo que se trata cuando se graban canciones. En el mundo canoro, Ana pasea como ave del paraíso admirada por izquierda y derecha, desplegando esa envidiable sonrisa con tantos dientes como el gato de la Alicia de Lewis Carroll.

El paso del tiempo ha diseñado su rostro con el cincel de una disimulada dureza, modelando una expresión de turrón de Xixona, tan dulce como firme, melosamente almendrada, de ojos casi prometedores de un mundo más justo y sensual. Y ese tiempo le enseñó a echar el cerrojo a las aves carroñeras, esas que hurgan en las heridas y placeres de la vida privada, para envidia de débiles y rabia de periodistas amarillentos.

Equilibrada su nariz, sus orejas y frente, el insultante cabello que desciende orgulloso por su nuca envuelve las pasiones más delicadas, olfateando el peligro como experta amazona montada en fiel corcel, que sabe regresa al hogar tras la batalla diaria, esquivando ágilmente los flechazos del traidor Cupido.

Su sentido de la responsabilidad y cierta cabezonería le harían candidata ideal para el ministerio de Cultura, si su correligionaria Carmen Calvo hubiera renunciado al cargo, pero no es proclive a ocupar despachos oficiales, ni comulga con idearios, excepto el de una propia subsistencia cómoda y cierta lealtad a los suyos, por lo que el nombramiento deberá esperar algunos lustros más.

Victor Manuel le ató a "Ravos" como el ejemplar bailaor Antonio Gades encadenó a Pepa Flores (Marisol) al carro del compromiso ético, mas los acontecimientos y avatares que de forma calculada fueron pisoteando las hoces y martillos, lograron despegarles a ambos de la aparente inutilidad de la utopía, dejando correr los inagotables deseos de calma y sosiego para alcanzar la meta de los placeres mundanos, rodeada de prosélitos que le ayudan a taponar el menor resquicio de mala conciencia que pudiera haberse abierto en el camino.

Carente de biógrafos, exultante de agiógrafos, Pilar es más Ana que nunca, Ana de los diez mil días, Ana de los miles de discos vendidos, Ana la que vuela como feliz madre y esposa, para pasmo de colegas del show bussiness que venden divorcios y abortos para seguir aferrados al cielo de la popularidad. Cada año un nuevo proyecto, una película delante de la cámara (la que hizo tras ella es mejor olvidarla), una obra teatral, para seguir demostrando su discreto talento dramático, mientras los días se convierten en amplias praderas donde plantar su desafiante sonrisa. Dichosa en la vida real, crispada en las que le brinda la ficción, posó una vez su mano sobre el hombro de Federico García Lorca, con el descaro de quien se hace una fotografía junto al ídolo muerto, para darle a su fantasía una oportunidad de llegar a una meta. Mecida entre aduladores de salón, abre las puertas del palacio a los amigos fieles de siempre, a quienes mezcla alegremente para demostrar que Joaquín Sabina y Miguel Bosé están mucho más próximos de lo que algunos (menos quien firma) pudieran imaginar. Que siempre hay una persona que nos sirve de nexo con nuestro mayor enemigo. Que estamos unidos por una interminable cadena de ombligos.

Ese es el Belén que se ha fabricado, un pesebre en el que ella resplandece sin coraza ni armadura, sin otro adorno que una intuición y olfato sólo imaginables en quienes son capaces de reír ante las cámaras de forma abierta y clara. Pero, agazapado en una esquina de su nuca, le tiende una trampa el gramo de banalidad que esconde entre los ojos y, en un mitin por la República, es capaz de bendecir al Rey Juan Carlos. Rivas-Vaciamadrid tembló de arriba abajo. Mas, ¡oh, dioses del Olimpo¡, Ana es ya, por derecho, el sueño erótico de los izquierdistas que abandonaron la lucha, la inconfesable masturbación de los intelectuales sin compromiso ético. Aquellos que ríen conmiserativamente cuando se les habla de los pobres de la tierra, de las rosas blancas y de que un mundo mejor sigue siendo posible.

 

Carlos Tena

 








 
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